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Conspiración y vandalismo de los medios y el gobierno bolivianos
Por sebastian hacher ((i)) - Sunday, Feb. 16, 2003 at 1:00 AM
sebastian@indymedia.org

después de la rebelión, el gobierno y los medios de comunicación intentan construir una versión ridicula de los hechos.

La Paz/
El viernes por la tarde el presidente Sánchez de Losada se reunió con todos los directores de los medios de comunicación en su despacho para ratificar su denuncia sobre “un esfuerzo para desestabilizar a la democracia”. Habló sobre un intento de asesinarlo y llevar adelante un golpe de estado. Para demostrarlo señaló seis impactos de bala –de las cientos que dispararon durante el miércoles- que habían impactado sobre los vidrios de su despacho, los recibidores y el comedor oficial por supuestos francotiradores. Las balas habrían impactado entre la 1 y las 2 de la tarde, horas en que los enfrentamientos recrudecían violentamente.

Siguiendo la línea del “intento de desestabilización” -y esta vez no ya rondando sino adentrándose en el ridículo- los francotiradores que el jueves atacaron la movilización y asesinaron e hirieron a varios civiles formarían parte de la misma conspiración.

Según informa el diario La Prensa, el presidente dijo que “sólo muerto saldría del Palacio de Gobierno”. Apenas dos días atrás, según nos narraron varios trabajadores del palacio, se escapó de ese mismo palacio –vivito y coleando- disfrazado de médico para no ser interceptado por la furia popular.

Sin embargo la supuesta valentía personal del mandatario es una mentira menor. Los medios de comunicación, que vuelven a sucumbir al chantaje del gobierno hacen un esfuerzo mancomunado para “volver a la normalidad” haciendo eje sobre dos deformaciones de la realidad: la conspiración golpista y el vandalismo.

Según un comunicado de prensa distribuido en la noche del viernes, los hechos del miércoles y el jueves se tratan de “una acción de francotiradores combinada con vandalismo callejero, planificado y organizadamente ejecutado que, de acuerdo a las investigaciones preliminares, han intentado generar una conspiración que, en última instancia, estaba destinada a interrumpir el mandato constitucional del presidente...”

Vale la pena detenerse en cada punto de la política mediática oficial, para entender un poco más de la situación y como funciona un poder herido de muerte, esta vez en el hermano país boliviano.


-Francotiradores en la mira: Las balas que no tapan agujeros
La versión oficial intenta tapar el sol con la mano. Los gráficos precisos que explican como seis balas –de las miles disparadas- impactaron contra el palacio son marcas demasiado pequeñas para tapar el profundo terremoto social que se desató con el intento de “impuestazo”. Para el gobierno y la mayoría de los medios, las causas del conflicto quedaron en un segundo plano, y la reina del momento es la supuesta conspiración.

Hubiera sido muy fácil para un grupo de conspiradores que quieran hacer un golpe de estado matar al presidente durante el miércoles antes de su huida. En manos del caos generalizado, un simple infiltrado hubiera servido para seguir sus movimientos, o un francotirador experimentado –como los que actuaron el jueves contra la población civil- hubiera bastado para cometer el magnicidio.

Y si la primera supuesta aparición de los francotiradores durante el miércoles es un fiasco, su aparición del jueves entierra la versión oficial. Cientos de personas vimos como un helicóptero dejaba gente en diferentes terrazas. Miles de personas fueron testigos de cómo civiles indefensos que protestaban para que se vaya el gobierno fueron baleados con fusiles FAL en las piernas o en el corazón, con tiradores que hacían gala de una precisión envidiable.

Además, en medio de una ciudad militarizada con cientos de soldados y tanquetas ¿cómo lograr tanta impunidad para disparar decenas de veces desde la misma posición sin ser detectado por las fuerzas de seguridad?


-La ensalada de la turba vandálica
El segundo aspecto de la supuesta conspiración es el “vandalismo callejero organizado”. Aquí es donde la trama se magnifica; ya no se trata de oscuros profesionales del hampa político, sino de importantes franjas de la población conjuradas y pagadas para actuar caótica y coordinadamente. Para los diarios mas derechistas, como El País, se trató simplemente de la “autodestrucción” del pueblo boliviano.

Quizás este sea el mecanismo mas burdo de la propaganda oficial; mezclar todos los hechos, confundir todo y poner lo esencial al mismo nivel que lo secundario.

La acción popular se desata espontáneamente a partir del mediodía del jueves. Desde el mediodía, cientos y luego miles de personas se congregaron alrededor de la Plaza Murillo, para repudiar la acción del gobierno y los militares. Por la tarde, poco antes de las siete, el edificio de la vicepresidencia, el Ministerio de Trabajo, la sede del MNR, la del MIR y varios otros símbolos del poder ardieron en llamas.

Detengámonos en uno de los blancos; el Ministerio de Trabajo. Había alrededor de un millar de personas, muchos de los cuales venían de escapar de las balas de la Plaza Murillo. Cuando comenzó la fogata alimentada con los muebles del edificio el festejo fue generalizado, y solo cuando alguien intentó llevarse algún trofeo la multitud misma impidió que las cosas salieran. La gente quemaba por odio, como forma simbólica de sacar de sus vidas a un régimen que odian. Nadie quería robar; se trataba de un acto profundamente político, espontáneo y masivo, como se da en todo levantamiento popular de magnitud, que para crear formas nuevas de vida empieza por destruir todo lo que merece morir.

Minutos después, pocos metros del Ministerio alguien descargó su bronca contra un quiosco de esos que abundan en La Paz. La multitud rodeó el local de chapa, lo levantó, lo ordenó y por último lo llevó a un lugar seguro para resguardarlo. “Nosotros somos el pueblo, no podemos hacer eso”. Una conciencia colectiva no dirigida por nadie en particular canalizó los sentimientos y las acciones de esa masa indignada y decidida a hacer lo que tenía a mano para terminar con un gobierno que no representa más que a si mismo y los intereses del FMI. Se quemó conciente y espontáneamente los símbolos de un poder odiado. Era fuego de rebelión.

Luego de la caída del sol, y cuando la tensión en el centro de la ciudad bajó, entraron en escena los saqueos a grandes comercios y a los restos de los edificios oficiales. No era la misma masa enardecida que horas antes pedía a gritos que renuncie el presidente, que increpó al ejército buscando que se amotine y que cuidó que todo lo que salía de los edificios alimente fogatas callejeras. Ahora eran cientos de excluidos, parte de ese 70% de la población que vive por debajo de la pobreza, ese 25% que sufre desnutrición o que trabaja por salarios que no alcanzan los 100 dólares mensuales. Un ejército de gente humilde que cargó con lo que pudo; muebles rotos, pedazos de ficheros, partes de computadoras, libros. Tenían también bronca; esa bronca contenida y silenciosa de los que nada tienen. Cholitas humildes cargaron sobre sus espaldas los despojos; obreros andrajosos estiron materiales y jóvenes muy jóvenes ayudaron con la faena. Fue la irrupción de los condenados.

Solo cuando la noche y el silencio invadieron todo, pequeños grupos de delincuentes aprovechon la situación para robar sin miramientos, atacando por igual pequeños y grandes comercios, oficinas e incluso casas particulares. Se vivieron escenas terribles; los trabajadores de la embotelladora de Coca-Cola defendieron la fábrica contra un grupo que intenta saquearla, vecinos y feriantes se organizaron para defender sus miserables comercios. Era la resaca de la rebelión, de una cruda realidad compleja y traumática, que cobra vida propia y crea situaciones colaterales impredecibles.

Para el gobierno y los medios estos últimos hechos se convertirán en el eje de la jornada. Y sobre eso machacan incansablemente los medios de comunicación.


-El viejo cuento de palacete
En toda la historia de la humanidad las conspiraciones de palacio son una tentación irresistible para explicar hechos sociales. Sobre todo cuando el narrador es el derrotado, se utiliza ese recurso para pintar la realidad como el resultado de oscuras tramas entre bastidores.

En la Argentina de diciembre del 2001 el mismo De la Rua apeló primero –en la noche del 19 de diciembre- al estado de sitio contra un supuesto “complot contra la democracia”. Y luego explicó su caída como producto de una conspiración que se quería alzar con el poder. La situación posterior que se cobró cuatro presidentes en menos de diez días, el levantamiento popular que produjo su caída y su propia imbecilidad ni siquiera permitieron que su teoría sobreviva como anécdota para la historia.

En el caso de Sánchez de Losada, la teoría del complot y el vandalismo intenta cubrir su impotencia para dar una respuesta política a la situación. En todas las declaraciones oficiales, salvo por una insinuación sobre la reducción de la inversión pública, no se puede encontrar una sola línea que hable del futuro político y económico del país.

El único complot que existió realmente fue del gobierno contra si mismo; logró en apenas dos días unir y levantar al país entero en su contra, llevando de paso el conflicto social del campo a la ciudad.

Se trata entonces de montar una inmensa maquinaria de propaganda –convenientemente pagada con fondos reservados y con gastos de publicidad en los medios- para intentar enterrar lo que fue un levantamiento popular y una crisis social que dejó en el aire e hirió de muerte a un gobierno neoliberal.


-Yo o el caos
Si el gobierno no cayó frente a la movilización y el motín policial no fue porque fracasó una “conspiración frente a la democracia”. Las verdaderas causas hay que buscarlas en los actores sociales y en el desarrollo de la situación.

En primer lugar desde el costado popular las fuerzas con más peso como el MAS de Evo Morales y la COB (Central Obrera Boliviana) apostaron su fichas no a un “20 de diciembre boliviano” sino a la “defensa de la democracia”, con una salida ordenada vía la renuncia del presidente y elecciones anticipadas llamadas por el parlamento.

Del otro lado, desde el Papa y Kofi Annan, pasando por la OEA, el FMI y todos los partidos que sustentan el régimen neoliberal en Bolivia tienen una profunda conciencia de que están en una crisis terminal, y que Sánchez de Losada es el último estadista de una raza de políticos que durante los últimos cincuenta años garantizó el saqueo multinacional a la nación boliviana. Si el presidente se termina de hundir, todos los sectores dominantes corren peligro de hundirse con él.


No hubo por tanto ninguna fuerza interesada o capaz de alzarse con el poder mediante conspiraciones o poniéndose al frente de la rebelión popular durante la crisis del 12 y 13 de febrero.

Por eso para el gobierno y el conjunto de los viejos zorros de la política boliviana fue posible retroceder sin terminar de hundirse. Y si bien la vuelta atrás con el impuestazo implicó quedar debilitadísimos para continuar aplicando las recetas del FMI, en el mismo acto salvaron los despojos de un régimen en decadencia histórica.

Reestablecida momentáneamente la calma, ahora intentan relegitimarse –al estilo Duhalde en Argentina- presentándose como única alternativa al “caos y vandalismo” de la supuesta conspiración.

Para las miles de gargantas que rompieron la rutina y desataron su furia, fue una rebelión sorda, un paso más en el lento caminar para construir su propio destino. Aportar un grano de arena combatiendo con nuestras humildes armas los ríos de tinta vertidos por la propaganda oficial, es lo mínimo que podemos hacer.

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