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Genocidio en las Pampas. Cronica de una polémica abortada
Por Florencia Roulet - Friday, Feb. 11, 2005 at 12:54 PM
flo.roulet@span.ch Pottier 5, 1870 Monthey (Suiza)

Entre junio y diciembre del 2004, el diario La Nación publicó artículos y cartas de lectores que realzan la figura de J. A. Roca y niegan que se pueda hablar de genocidio a propósito de la "campaña al desierto", pero se negó a publicar las reacciones de científicos sociales críticos de esa postura.

Genocidio en las pampas :
Crónica de una polémica abortada

El 23 de noviembre del 2004 Juan José Cresto, presidente de la Academia Argentina de la Historia y polémico director del Museo Histórico Nacional, quien es además habitual colaborador de las páginas de la Nación, publicó en ese diario la nota “Roca y el mito del genocidio” , versión ampliada de una primer artículo anónimo que había aparecido como editorial del mismo diario el 13 de junio anterior bajo el tículo “Respetemos nuestra historia”.
Dirigiéndose muy probablemente – aunque de modo tácito – a Osvaldo Bayer, ensayista que suele abordar la cuestión de la “Conquista del Desierto” y que considera a Julio Argentino Roca un genocida, Cresto acusa a “una historiografía carente de toda documentación” de actuar con “supina ignorancia” o movida por “intereses de reivindicaciones territoriales” al aplicar el concepto de genocidio a la campaña dirigida por Roca en 1879.
Su defensa de Roca, ejecutor exitoso de una política de ocupación territorial cuyos orígenes deben remontarse por lo menos a los primeros gobiernos patrios, se basa en tres argumentos principales, todos ellos cuestionables:

1) las pampas estaban enteramente desiertas cuando en el siglo XVI empezaron a ocuparlas los primeros españoles, 180 años antes de que se iniciara desde Chile la expansión araucana gracias a los elementos culturales que los indígenas adoptaron de los europeos (caballo, vaca, hierro, etc.);
2) estos indios de origen chileno vivían exclusivamente del malón, lo que legitimaba cualquier “guerra defensiva” que se emprendiera contra ellos, pues constituían en plena era del progreso un obstáculo para los honrados inmigrantes que querían trabajar la tierra;
3) no hubo tal genocidio (que Cresto no define) ya que los prisioneros de guerra indígenas fueron atendidos en sus dolencias y se les asignaron grandes reservas, aunque posteriormente fueran cercenadas por “individuos inescrupulosos”.

A ojos de Cresto, no habría habido en la región pampeana grupos que pudieran reclamar el carácter de autóctonos: “Los indios iniciaron su ocupación 180 años después [de la llegada de los españoles]”. La anexión de esos territorios por el Estado argentino no habría tenido por objeto el acaparamiento de sus tierras sino la defensa de la vida y la propiedad de los pobladores criollos frente a la agresividad de indios llegados de Chile y la campaña militar dirigida por Roca fue la ocasión de un despliegue de humanitarismo hacia los prisioneros de guerra. Cresto concluye afirmando que “mencionar al indio como tal es un insulto”, ya que no hay indios sino argentinos con los mismos derechos y obligaciones, que “no merecen ningún tratamiento especial ni más derechos que otros”.
Tal toma de posición no sólo revela un sorprendente desconocimento de la antigua y compleja historia del poblamiento indígena de las pampas y de la variada gama de interrelaciones pacíficas (comerciales, diplomáticas, biológicas, laborales) que predominaron durante largos períodos entre las sociedades indígenas y el fronterizo mundo hispanocriollo, sino que lanza al gremio de los historiadores serias e infundadas acusaciones. Como era natural, varios de ellos reaccionaron enviando cartas al diario La Nación, que prefirió silenciar toda opinión discordante con lo expresado por Cresto, al tiempo que daba cabida en sus páginas a una seguidilla de elogiosas cartas de lectores que fueron incluso más lejos que el propio Cresto al sostener que los únicos “indígenas” de la región pampeano-patagónica habrían sido los tehuelches, aniquilados por los mapuche-araucanos que ingresaron violentamente al territorio desde Chile, con lo cual los verdaderos genocidas serían ellos. Según estos lectores, los indígenas que hoy revindican una ascendencia mapuche en las pampas no podrían ser considerados aborígenes ni merecerían ningún trato o derecho especial.

Dando la palabra sólo a los negacionistas del genocidio indígena, La Nación abortó una polémica que hubiera permitido un intercambio fecundo y democrático de ideas y de datos científicamente probados sobre un pasado que dejó heridas aún abiertas. Una de las respuestas a Cresto enviadas al diario circuló sin embargo ampliamente por la red. La escribió el 26 de noviembre del 2004 el Dr. Pedro Navarro Floria, historiador, investigador del CONICET y Director del Centro de Estudios Patagónicos de la Universidad del Comahue. Constatando con impotencia la actitud del diario de los Mitre, al cabo de algunos días surgió la iniciativa de lanzar una campaña de adhesiones a la carta de Navarro Floria, reclamando al diario su publicación en virtud del derecho a réplica y del principio de la libertad de opinión. Al cabo de una semana se habían reunido más de ochenta firmas, en su gran mayoría de profesionales de las ciencias sociales del país y del extranjero, enviadas al diario el 20 de diciembre. Pese a tan vasto apoyo, y mientras seguía recibiendo adhesiones que pronto superaron las cien firmas, La Nación no dio lugar a la publicación de la carta de Navarro Floria. Sin embargo, quienes promovimos esta campaña no nos resignamos al silencio frente al monólogo que nos propone el diario y hacemos público nuestro disenso con la opinión desinformada y tendenciosa del Sr. Cresto, más preocupado por negar derechos a los pueblos indígenas que por establecer verdades históricas.

He aquí el texto censurado y la lista de signatarios:

Sr. Director,
Tengo el agrado de dirigirme a Ud. motivado por la lectura del artículo del Sr. Juan José Cresto sobre "Roca y el mito del genocidio" publicado el pasado martes 23. Me siento directamente aludido por él en cuanto he aplicado, en publicaciones académicas, ponencias y conferencias, el concepto de "genocidio" para caracterizar el proceso derivado de la conquista de la Pampa y la Patagonia por el Estado argentino entre 1875 y 1885. Me tomo el atrevimiento de pedirle al Sr. Cresto, en primer lugar, que no descalifique tan contundentemente ni juzgue las intenciones de los historiadores que, a partir de un cuidadoso estudio de la documentación escrita, oral y fotográfica disponible, del análisis de los procesos históricos implicados y de la discusión de nuestros avances de investigación en los más calificados ámbitos académicos nacionales e internacionales, hayamos arribado a conclusiones o a visiones de la historia diferentes de la suya. Podría señalar serias inexactitudes en su descripción de los hechos. Por ejemplo, no es cierto que la pampa estuviera completamente desierta: desde los querandíes que obligaron a despoblar la primera Buenos Aires hasta los ranqueles que visitó Lucio V. Mansilla, los "pampas" tapalqueneros o azuleros que trabajaban la tierra e intercambiaban activamente en los mercados de campaña del siglo XIX o los innumerables indígenas representados por la pintura, la literatura y la prensa de la época en las mismas plazas y calles de Buenos Aires, eran habitantes de esa Pampa. Este simple ejemplo es ilustrativo de lo que significan los mitos en la historia: representaciones sociales formuladas por actores identificables y consistentes con sus intereses o su visión del mundo, que se constituyen en estereotipos acerca de una determinada realidad y se repiten acríticamente durante generaciones. En torno de la conquista de la Pampa y la Patagonia hay mucha mitología: uno de los mitos corrientes es el del "desierto"; otro es el del indígena "salvaje"; otro es el de la guerra fronteriza, que Cresto también glosa. El general Roca, precisamente, fue uno de los más hábiles constructores de mitos sobre el tema -no en vano le decían "el Zorro"- con el propósito de legitimar sus decisiones políticas. Una de las más notables representaciones generadas por Roca, desmentida hace ya años por historiadores de renombre, es la de la "estrategia defensiva" de Alsina, cuando es evidente que ambos, como bien señala Cresto, respondieron al programa de un mismo gobierno sin solución de continuidad. La cuestión es que, en la época, muchos aceptaron la necesidad de la conquista y sus consecuencias. Pero otros muchos se escandalizaron -los testimonios documentales abundan- con la crueldad de la guerra fronteriza, con las matanzas de prisioneros, los traslados forzados y el desmembramiento de comunidades -como los tehuelches del Chubut y de Santa Cruz, por ejemplo- absolutamente pacíficas y aliadas al Estado argentino, el reparto de familias y la reducción a la servidumbre de personas a las que no se reconocía el status de ciudadanos. Si a fines del siglo XIX no había una palabra que definiera eficazmente esa barbarie, la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio adoptada por la ONU en 1948, hoy incorporada a nuestra Constitución Nacional, sí nos la brinda: la destrucción total o parcial de un grupo étnico mediante la muerte, la lesión grave a la integridad física y mental, el traslado forzado de niños fuera de sus familias, etc., se llama genocidio. En esta caracterización de un proceso histórico y social no hay ni ignorancia ni ocultas reivindicaciones territoriales. Sí hay la intención de conocer más y mejor el pasado y el presente, de reconocer las cicatrices aún visibles de tanta violencia en la piel de nuestra querida nación mestiza, y de construir un futuro común sobre los valores de la vida y no sobre la muerte del otro. Pedro Navarro Floria Doctor en Historia Investigador del CONICET Director del Centro de Estudios Patagónicos, Universidad Nacional del Comahue DNI 16.385.526 Ameghino 1170, Q8300JQX Neuquén Tel. 0299 4422175 Correo electrónico: cep@uncoma.edu.ar

Adhesiones recibidas al 30 de diciembre del 2004:

ADAMOVSKY, Ezequiel, Dr. en Historia, CONICET/UBA/UNLu, DNI 22.156.809;
ANDRADA, Luis, Estudiante de Ing.Química, DNI 27.239.352;
ARCE, Julio, médico pediatra endocrinólogo, Asociación para la Salud de los Pueblos Aborígenes, Neuquén, DNI 4.152.646;
ARCONDO, Bibiana, Facultad de Ingenieria, UBA, DNI 5.768.424;
AUGUSTO, Juan Carlos, Dr. en Ciencias de la Computación, University of Ulster, DNI 16550535;
AZCUNE, Carolina, estudiante de Ciencias Antropológicas (UBA), DNI 26.737.416;
BARBERENA, Ramiro, Lic. en Ciencias Antropológicas, orientación arqueológica, CONICET, IMHICIHU-DIPA, DNI 25.873.525;
BARBIERI, Mirta, Lic. en Ciencias Antropológicas, Instituto de Ciencias Antropológicas, UBA, DNI 4.868.685;
BARGMAN, Daniel, Mtro. en Antropología, Equipo de Formación etica y Ciudadana (Min. de Educación) –UBA, DNI 11-632.136;
BAYARDO, Rubens, Dr. en Filosofía y Letras, área Antropología, UBA – UNSAM, DNI 18.563.471;
BELLELLI, Cristina, Lic.en Ciencias Antropológicas, CONICET-INAPL, DNI 5.751.716;
BERAZA, Juan Carlos, Abogado UBA, Diplomatura en Gestión Cultural UNSAM (en trámite), Pte. Bloque de Concejales UCR de Carlos Casares (Bs.As);
BIANCHI, Maria Martha Bianchi, Dra. en Ciencias Biológicas (UNMP), CONICET – UNC, Department of Earth Sciences, Universidad de Uppsala, Suecia, DNI 13.909.303;
BOFFA, Natalia, estudiante de Historia, Universidad Nacional del Sur;
BOIXADÓS, Roxana, Dra. en Ciencias Antropológicas, CONICET/Universidad Nacional de Quilmes-Universidad de Buenos Aires, DNI 16.938.162
BONINI, Celina, prof. de Historia (UBA), Proyecto PNUD 04/031: Fortalecimiento Asuntos Municipales, DNI 12.994.630;
BOSIO, Gastón, Antropólogo, Fac. de Geografía e Historia, Dep. de Antropología, Universidad de Barcelona, Catalunya, DNI 17.474.778;
CANELO, Brenda, Prof. en Ciencias Antropológicas, Instituto de Lingüística, FFyL, UBA, DNI 24.791.370;
CARBALLIDO CALATAYUD, Mariana, Lic. en Ciencias Antropológicas, orientación Arqueología, CONICET - Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano, DNI 18.601.915;
CARCAR, Fabiola, politóloga, Fundación Carolina, DNI 20.992.342;
CORDERO, José Agustín, Lic. en Ciencias Antropológicas, orientación arqueología (UBA), DNI 24.247.525;
CARDOZO, Armando Pablo, estudiante de Sistemas, U.B.A., DNI 18.267.885;
CORREA, Analía, prof. en Historia, Laboratorio de Arqueología Regional Bonaerense, Fac. de Humanidades de la UNMDP, DNI 16.226.860;
CRESPO, Carolina, Lic. en Antropología, FFyL- UBA, DNI 22.667.068;
CHAPARRO, María Gabriela, Arqueóloga, CONICET- FACSO (UNCPBA), DNI 23.391.669;
CHARLIN, Judith, Lic., DIPA-IMHICIHU (CONICET), DNI 25.248.388 ;
CURTONI, Rafael Pedro, Arqueólogo, INCUAPA - FACSO (UNCPBA), DNI 20.387.153;
DE JONG, Ingrid Lilia, Dra. en Ciencias Antropológicas, Facultad de Filosofía y Letras, UBA/ CONICET, DNI 18.009.782;
DELRÍO, Walter, mag. y licenciado en Historia (UBA), UBA-CONICET, DNI 20.005.968;
DI MEGLIO, Gabriel, Doctor en Historia (UBA), Instituto Ravignani, DNI 23.249.119;
DI STEFANO, Roberto, Doctor en Historia, CONICET/UBA, DNI 14.736.019;
FARBERMAN, Judith, Dra. en Historia, UNQ, DNI 17.333.087 ;
FARÍAS, Graciela Raquel, Congreso Bolivariano de Los Pueblos. Foro Social. Autoconvocatoria No al ALCA, Movimiento Humanista, LC 5.294.604;
DREIDEMIE, Patricia , Prof. en Letras (UBA), D.N.I. 20.185.580
FERNANDEZ, Damián, Lic. y master en Historia, History Department, Princeton University, USA, DNI: 24.977.588;
FERNANDEZ BRAVO, Alvaro, Prof. Adjunto, Dpto. De Humanidades, Universidad de San Andrés- CONICET;
FERRO, Lilian, Lic. en Historia, Investigadora (Santa Fe), DNI 21.992.171;
FUNES, Patricia, Doctora en historia, Profesora regular Facultad de Ciencias Sociales (UBA), DNI 13.442.999;
GALAFASSI, Guido Pascual, Especialista en Cooperación y Desarrrollo (Un. Barcelona), Dr. Antropología (UBA), Profesor asociado Un. Nac. Quilmes, Investigador Adjunto CONICET, DNI 14.398.948;
GALLO, Marisa, lic., F.H y A – UNR;
GELER, Lea Natalia, Lic. en Antropología, DEA en Historia, Universitat de Barcelona, Becaria de la Generalitat de Catalunya;
GIARRACA, Norma, Socióloga, Inst. Gino Germani, UBA;
GIL MONTERO, Raquel, Doctora en Historia, Investigadora de CONICET, Instituto de Estudios Geograficos de la UNT (Tucumán), DNI 16159058 ;
GIRAUD, Marcelo, Profesor y Licenciado en Geografía, DNI. 20.112.286;
GORDÓN, Florencia, estudiante de Arqueología, Facultad de Ciencias Naturales y Museo, Universidad Nacional de La Plata,DNI: 27.824.285 ;
GUERRA, Diego Fernando, Estudiante Licenciatura en Artes, FFyL, UBA, DNI 25.478.895;
GUTIERREZ, Guillermo, Lic. en Ciencias Antroplógicas, UBA. Director de ICEPH, Instituto Cordillerano de Estudios y Promoción Humana (Bariloche), DNI 4.887.994;
HEVILLA, M .Cristina, Dra. en Historia , Universidad Nacional de San Juan , DNI 18.616.542;
HIDALGO, Andrés, Docente de la Escuela Hogar Eva Perón, DNI 18 342 458;
KORSTANJE, María Alejandra, Licenciada y Profesora de Historia, Instituto de
Arqueología y Museo, Universidad Nacional de Tucumán. DNI 16.450.119;
LANUSSE, Paula, estudiante de Antropología, UBA y FLACSO-Sede Argentina, DNI:25.538.058;
LAPEGNA, Pablo, Lic. en Sociología, Instituto Gino Germani,UBA, DNI 25.646.053;
LARRONDO, Pablo, Estudiante de Ciencias de la Comunicación, DNI 25.833.411;
LAZZARI, Axel, Mgr. en Antropología, UBA y Univ de Río de Janeiro, DNI 17,918.360;
LENTON, Diana, lic. en Ciencias Antropológicas (UBA), Sección Etnología y Etnografía – UBA, DNI 17901607;
LICHTENSTEIN, Gabriela, Dra. en Antropología, CONICET/INAPL, DNI: 17.635.051 ;
LOPEZ, Noemí, Lic. en Historia (UNT), Dirección de Patrimonio Histórico y Antropológico
Fac. de Filosofía y Letras, Uiversidad Nacional de Tucumán.
LORENC VALCARCE, Federico, licenciado en Sociología y master en Gobierno, Facultad de Ciencias Sociales (UBA)- CONICET, DNI 23.960.391;
MASCIOLI, Alejandra Renée, Lic. en Historia, ex-docente de la Universidad Nacional de Mar del Plata y ex-becaria CONICET, Universidad Nacional del Centro de la provincia de Buenos Aires, DNI 22.723.189;
MAZZANTI, Diana Leonis, Lic. en Antropología (orientación arqueología), Prof. titular y Dra. Laboratorio de Arqueología, UNMP, DNI 11.351.895;
MERCADO REYNOSO, Adrián, Lic. en Ciencias Políticas, Centro de Estudios Espacio Memoria e Identidad de la Facultad de Ciencia Politica y Relaciones Internacionales de la UNR, DNI 18.210.227;
MESQUIDA, Gerardo, . Estudiante de Ing. Química, Conductor del radial EL REACTOR de la Red Alternativa de Medios. (RAM), DNI.25.755.779;
MESQUIDA, Damián, Estudiante de Ciencias Económicas, DNI. 27.014.729;
MESQUIDA, Sebastián, DNI 7.985.600;
MOLINA Y VEDIA, Delfina, Lic. en Sociología, Min. de Rel. Ext., Comercio Int. y Culto, DNI 23804741;
MOSSE, Valeria, Prof. de Historia, IEHS-UNCPBA / CONICET, DNI 22.301.724;
MUÑOZ, Nelly, Mag., Prof. e investigadora de la UNPA, Río Gallegos, Santa Cruz;
NACACH, Gabriela, Lic. en Ciencias Antropológicas (UBA), DNI 22.302.241;
NACUZZI, Lidia R., Doctora en Antropología, CONICET/Univ. de Buenos Aires, DNI 10.692.770;
NOVARO, Gabriela, Doctora en Antropología, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, DNI 16959515;
OSTROSKY, Christian, Lic. en Geografía (UBA), Grupo de Graduados de Geografia (University of California, Davis), DNI 23.087.276;
OTERO, Osvaldo, Arquitecto, Investigador, DNI 4.389.763.
PALAMARCZUK, Alina, Estudiante de Cs. Antropológicas (desde Colchester, Essex, Reino Unido), DNI 22.578.026;
PALERMO, Miguel Angel, lic. en Ciencias Antropológicas (UBA), ex-investigador CONICET, ex-técnico Museo Etnográfico J. B. Ambrosetti (FFyL, UBA), DNI 7.638.720;
PEDROTTA, Victoria, Lic. en Ciencias Antropológicas con orientación en arqueología (UBA), INCUAPA, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires- CONICET, DNI 22.203.524.
PENHOS, Marta, Prof. Adjunta, Fac. de FFyL, UBA, DNI 11.768.908;
PEQUEÑO, David, Lic. en Ciencias Antropológicas (UBA), DNI 16.263.542;
PEREZ ZAVALA, Graciana, lic. en Historia, Universidad Nacional de Río Cuarto, DNI 26.572.491;
PINEAU, Marisa, prof. y mag. en Historia (UBA/El Colegio de México), UBA-CONICET, DNI 14.680.981 ;
PINEAU, Pablo, Dr. en Ciencias de la Educación (UBA), Presidente de la Sociedad Argentina de Historia de la Educación, DNI 18.062.129;
PINEAU, Virginia, Lic. en Ciencias Antropológicas (UBA), proyecto Ubacyt TF 089, Instituto de Ciencias Antropológicas, FFyL, UBA; DNI 25.024.285.
QUINTERO, Silvina, Lic. en Geografía (UBA), Instituto de Geografía (FFyL, UBA), DNI 17.969.156;
RADETICH, Laura, Profesora Regular, Carrera de historia, UBA;
RAMOS, Mariano,Lic. en Ciencias Antropológicas (UBA), Master en Epistemología e historia de la Ciencia (UNTREF), UNLu/UBA, DNI 10.109.840;
RICHARD-JORBA, Rodolfo, Dr. en Geografía, Investigador del CONICET, Instituto de Ciencias Humanas, Sociales y Ambientales; Profesor efectivo, Fac. de Filosofía y Letras-UNCuyo - LE 8.146.497;
RINDEL, Diego Damián, Lic. en Ciencias Antropológicas, Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano, DNI 22.533.420;
ROLDAN, Diego, Lic. en Historia, docente Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario;
ROMANO, Silvia Olinda, Dra. en Historia, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad Nacional de Córdoba, DNI 6.679.197;
ROULET, Florencia, prof. y Lic. en Historia (UBA), Universidad de Lausanne, DNI 14.015.409;
RUIZ, Juan D., Dr. , Prof. e investigador de la UNPA, Río Gallegos, Santa Cruz.
SAAVEDRA, Rafael, BCRA, DNI 13.537.192;
SALGADO, Leonardo, Universidad Nacional del Comahue-CONICET, DNI 16.120.304;
SANTILLI, Daniel, Lic. en Historia (UBA), Instituto de Historia Argentina y Americana "Dr. E. Ravignani", LE 7701034
SANTORE, Marta Noemí, Lic. en psicología y antropología, Ministerio de Salud de la Nación, DNI 4.864.415;
SCHEINSOHN, Vivian Gabriela, Dra. en Filosofìa y Letras, área Arqueología, Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano/CONICET, DNI 16.130.092;
SPADAFORA, Ana María, Dra. en Antropología, Instituto de Ciencias Antropológicas/CONICET, DNI 16.976.892;
SUAREZ, Teresa, Dra. en Historia, docente UNL, DNI 5.490.232;
SZULC, Andrea, Lic. en Ciencias Antropológicas, UBA, Conicet, DNI 25.133.259;
TEUBAL, Miguel, Sociólogo, Instituto Gino Germani (UBA);
TRINCHERO, Héctor Hugo, Lic. en Ciencias Antropológicas, Vice-Decano de la Facultad de Filosofía y Letras, UBA.
VAGLIENTE, Pablo, Magister en historia latinoamericana, investigador CIFFYH, UNC - ICS, UNVM, DNI 18.173.837;
WAGNER, Lucrecia Soledad , Lic. en Diagnóstico y gestión Ambiental, Facultad de Cs. Humanas, Universidad Nacional del Centro (UNICEN), DNI 28.607.932;
WATSON, Ricardo, Historiador (UBA), Eternautas -Viajes históricos- , DNI 20.365.004;
YANKELEVICH, Pablo, Dr. en Historia, Universidad Nacional de México;
ZAMORA, Audencio, miembro de la nación Wichí del Gran Chaco, Fundación Kajiante’ya, Embarcación, Salta;
ZUSMAN, Perla B., Dra. en Geografía, CONICET/ Instituto de Geografía (UBA), DNI 16.936.946;
La Zaranda de Ideas, Revista de Jóvenes Investigadores en Arqueología , Museo Etnográfico J. B. Ambrossetti, Comité Editorial.

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adhesion grafica
Por la que no tiene título - Saturday, Feb. 12, 2005 at 12:48 AM

adhesion grafica...
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los que niegan a los pueblos que decidieron no desaparecer....
aunque persigan , maten y hasta crean que pueden borrar pueblos y culturas del mapa, el sol no se puede tapar con un dedo y seguimos viviendo...

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La Nacion
Por por cuanto la venden - Saturday, Feb. 12, 2005 at 2:42 PM

El diario de los Mitre por ahora llama a Videla represor pero con respecto a la historia oficial es inflexible, a colocado a Juan José Cresto como presidente de la Academia Argentina de la Historia y director del Museo Histórico Nacional ¿Me pregunto por que?

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Notas y cartas de lectores publicadas por La Nación a propósito de Roca
Por Florencia Roulet - Wednesday, Feb. 23, 2005 at 10:53 AM
flo.roulet@span.ch

Notas y cartas de lectores publicadas en La Nación a propósito de
Roca y el genocidio en las Pampas (hasta el 20/12/04)

Como sólo los lectores registrados pueden acceder al archivo de La Nación y las notas “viejas” de más de dos semanas no aparecen cliqueando en los links, reproduzco a continuación los textos citados en mi artículo, para que todos puedan consultarlos:

1) Editorial del 13 de junio del 2004: “Respetemos nuestra historia” (http://www.lanacion.com.ar/archivo/nota.asp?nota_id=609770&publicacion_id=11712&categoria_id=562&fecha=13/06/2004&Origen=1ra)

La furia iconoclasta que tanto daño le ha hecho al país a través de su historia busca venganza entre los muertos.
Pocas son las figuras del pasado que no se han visto envueltas en el denuesto generalmente motivado por opiniones banderizas que intentan dirimir cuestiones del presente en el indefenso terreno del ayer. Ahora es el turno del general Julio Argentino Roca, a quien se aplica el calificativo de genocida por su acción al frente de las tropas que sellaron con su sacrificio la conquista de la Patagonia y aseguraron, así, para la Nación un vasto territorio sobre el cual pesaba la amenaza de apropiación por parte de un país vecino.
Como en otras ocasiones, la expresión ligera de juicios negativos se ve acompañada por la acción furiosa contra el monumento del ciudadano que rigió en dos ocasiones los destinos del país y fue uno de los artífices de su sostenido desarrollo. En efecto, la base de su figura ecuestre sufre los ataques de quienes parecen contar con absoluta impunidad para concretarlos. En este caso no se trata de inscripciones con aerosol que podrían sugerir cierto impulso circunstancial, sino de leyendas preelaboradas e impresas sobre el mármol, lo que habla de una acción orquestada a sabiendas de que nadie procurará ponerle freno. No es de extrañar, cuando en las manifestaciones de la Plaza de Mayo se deja descascarar a golpes la Pirámide, ensuciar el Cabildo o escribir leyendas soeces en los históricos muros de la Catedral.
Pero si en los casos mencionados, al menos de tanto en tanto las autoridades respectivas disponen una limpieza que dura poco, en lo que se refiere a la estatua de Roca, ubicada a pocos pasos de la sede del Gobierno de la Ciudad, las leyendas injuriosas permanecen desde hace tiempo, como sugiriendo a los autores intelectuales o materiales del atentado, que se comparten los juicios acerca de este protagonista fundamental de nuestra historia.
El "problema del indio", así denominado por los que lo sufrieron en carne propia, era antiguo y grave cuando Roca encabezó las acciones tendientes a consolidar la ocupación de tan inmenso territorio, a tal punto que el entonces ministro de Guerra y Marina -y enseguida presidente de la Nación- no hizo sino poner en ejecución leyes dictadas por el Congreso argentino, que distaban de buscar la destrucción de los aborígenes, sino que pretendían su paulatina asimilación a la nueva realidad de desarrollo institucional y material que vivía la República.
Como suele ocurrir, los que adoptan consignas maniqueas simplistas, como la del supuesto genocidio, omiten considerar -y mucho menos decir- que durante muchas décadas los malones indios eran una horrenda realidad que abarcaba buena parte de la República, y que lanzarse a recorrer los anfractuosos caminos del país constituía una riesgosa aventura que podía terminar con una familia desecha por la muerte y el cautiverio.
No hay más que leer los múltiples testimonios escritos por contemporáneos a los que les tocó intentar la defensa de sus hogares y bienes, por lo general sin éxito; los tremendos relatos de quienes formaban parte del botín de las incursiones, con sus pies desollados para que no pudiesen huir, y las declaraciones de las mujeres que lograban ser rescatadas; o repasar los artículos de la prensa, cualquiera fuese su orientación política, para comprobar hasta qué modo gravitaba esa violenta realidad que no pudo ser modificada con los acuerdos ni las dádivas de ropas, prendas de plata, aguardiente y títulos militares que los indios ostentaban en sus precarias viviendas del desierto.
Esa fue la realidad que vivieron los argentinos del siglo XIX y que originó todo tipo de acciones para modificarla, desde la presencia avanzada y heroica de misioneros, la creación de reducciones, el establecimiento de fortines y las expediciones punitivas poco afortunadas -salvo excepciones- hasta la célebre "zanja de Alsina", que pretendió establecer una barrera a los malones. Sólo la ocupación del "desierto", que no era un espacio ajeno sino propio, y que la sociedad reclamaba como factor de seguridad y progreso, puso fin a aquel interminable drama. El llamado genocidio distó de ser tal, y si a lo largo de todas esas acciones hubo muertes, fueron el resultado de una pelea en la que no se daba ni pedía cuartel, y no de ejecuciones masivas e indiscriminadas.
Es una pena que con todo lo que queda por construir y afianzar, se insista en demoler -en una sociedad que lamentablemente ya no estudia historia en las escuelas- los bien ganados títulos y monumentos de los prohombres como Roca.

2) Nota de Juan José Cresto, del 23 de noviembre: “Roca y el mito del genocidio”:

Hace poco más de un siglo, el 12 de octubre de 1904, el general Roca entregó al doctor Manuel Quintana los atributos de la presidencia de la República. Había cumplido su segundo mandato, pero su influencia política desde 1880 había transformado el país. La Argentina era una potencia respetada. El general Mitre, ya anciano y verdadero patriarca de la argentinidad, fue a su casa ese mismo día para felicitarlo por su gestión: "Ha cumplido", le dijo parcamente, porque el juramento de su asunción, en 1898 lo había hecho ante el patricio.
Diez años después, el 19 de octubre de 1914, Roca moría en Buenos Aires. Los últimos años los dedicó a organizar su estancia La Larga, levantando casas para su personal, cultivando arboledas y caminos y mejorando su hacienda. Se cumple este año el centenario de su alejamiento del poder y noventa años de su fallecimiento. El país no lo ha recordado suficientemente.
En los últimos tiempos una historiografía carente de toda documentación sostiene que la expedición de Roca de 1879 contra los indios, fue un genocidio. Ello revela supina ignorancia u oculta intereses de reivindicaciones territoriales. El tema indígena es complejo, porque abarca regiones muy diferentes, desde los paisajes andinos atípicos hasta la cuña boscosa del Chaco, con razas que no eran ni son comparables, como los diaguitas, los abipones o los mapuches. En el Sur, los pueblos araucanos procedían de Chile e ingresaron al hoy territorio nacional hacia principios del siglo XVIII, según lo refieren numerosos historiadores de ese país, algunos con carácter reivindicatorio.
La pampa agreste estaba totalmente desierta, con algunos bolsones de pobladores aislados. En la provincia de Buenos Aires se denominaba "poblador del Salado" a quien se instalaba más allá de ese importante río. Sin alambrados, sin títulos de propiedad, salvo antiguas mercedes realengas, o con títulos imprecisos basados en la simple ocupación, el llamado "estanciero" era el ganadero que cuidaba vacas criollas, que no tenían parecido con las de nuestra época, vivía con el cuchillo en la faja y dormía en un rancho que él mismo construía. Su beneficio empresario consistía solamente en la explotación del cuero del vacuno, que canjeaba en la pulpería o en "las casas", o poblado más próximo. Compartía, sí el temor al malón indígena.
Al caer la tarde, hacía recostar a su caballo en el suelo para ver la reacción del animal, cuya sensibilidad le permitía saber si la tierra se movía. En ese caso, sabía que, a lo lejos, los indios galopaban y él debía huir, abandonando todo.
El horror del malón se ha descripto repetidas veces, pero hay que recordar que el indio fue temible cuando aprendió a montar el caballo que trajo el europeo, para robar las vacas que también vinieron con los españoles y venderlas en Chile. También cuando aprendió a usar la cuchilla de hierro, que también obtuvo de la industria del hombre blanco. Los aduares indígenas estaban llenos de cautivas, mujeres blancas a las que se les hacía un tajo profundo en la planta de los pies para impedirles la fuga. Ellas tenían que soportar la indignación y el odio de las mujeres indias de la tribu.
La historia argentina está llena de historias de pequeños y de muy grandes malones a lo largo de los siglos XVIII y XIX, hasta la decisiva ocupación de desierto por Roca. La política de ocupación no se inicia con este exitoso militar, sino que continúa desde los primeros gobiernos patrios. Rosas hizo una expedición contundente, pero después de Caseros las tribus se alinearon, unas con el gobierno de la provincia de Buenos Aires y otras con el de la Confederación, participando en la política partidista.
Mitre quiso erradicar el delito en las pampas y no lo pudo lograr por tener que dedicar sus esfuerzos a la guerra del Paraguay. Sarmiento sufrió grandes malones y la batalla de San Carlos es un verdadero hito de la historia. Avellaneda, que soportó una grave crisis financiera internacional, tuvo una política de ocupación a través de su ministro Adolfo Alsina, quien hizo construir una larga zanja de más de cuatrocientos kilómetros para evitar los malones, en una guerra defensiva sin mayores resultados. Finalmente, Roca, que conocía el desierto, organizó una expedición ocupacional decisiva. Este joven general había ganado todos sus ascensos, uno tras otro, en los campos de batalla.
¿Estaba Roca ocupando tierras de indios? La respuesta es categóricamente negativa. Esas tierras desiertas comienzan a ser ocupadas con las expediciones pobladoras de la España colonizadora del siglo XVI que, repetimos, trajeron el caballo y la vaca. Los indios iniciaron su ocupación 180 años después.
Los indígenas americanos precolombinos estaban radicados en mínimas parcelas de territorio y aprovecharon los descubrimientos, invenciones, ingreso de animales antes desconocidos y la tecnología del blanco para su expansión territorial. De suponer válida la peregrina teoría del primer poblador, tal vez debiéramos remontarnos al homínido y considerar al propio hombre de Neanderthal como un usurpador.
Pero existen algunas consideraciones que hay que sopesar: la expedición debe adjudicarse al gobierno del presidente Avellaneda, quien designó para comandarla a su ministro de guerra, el general Julio Argentino Roca, en estricto cumplimiento de la ley del 25 de agosto de 1867, demorada doce años por las dificultades políticas y económicas del país. "La presencia del indio -decía la ley- impide el acceso al inmigrante que quiere trabajar." Para financiar la expedición se cuadriculó la pampa en parcelas de 10.000 hectáreas y se emitieron títulos por la suma de 400 pesos fuertes cada uno, que se vendieron en la Bolsa de Comercio. Aunque prohibieron la adquisición de dos o más parcelas contiguas, esta venta fue la base de muchas de las fortunas argentinas.
La ley, la expedición y la organización fueron discutidas en el Congreso y votadas democráticamente. Todo el país, toda la población de la Nación, quería terminar con este oprobio, desde el Congreso y los gobiernos provinciales hasta los periódicos, sin excepción.
Roca organizó la expedición y a ella se incorporaron no solamente cuerpos militares, sino también periodistas, hombres de ciencia y funcionarios. El periodista Remigio Lupo la integró como corresponsal del diario La Prensa y remitió sus crónicas. Monseñor Antonio Espinosa publicó su diario, con noticias muy valiosas de todo lo mucho que vio, pero también escribieron hombres de ciencia, como los doctores Adolfo Doering y Pablo Lorenz, y naturalistas, como Niederlein y Schultz, que estudiaron la flora, la fauna y las condiciones del suelo.
Acompañaron también enfermeros y auxiliares. Los indios prisioneros y los niños, mujeres y ancianos fueron examinados por sus dolencias, vacunados y muchos de ellos remitidos a diversos hospitales de la muy precaria Buenos Aires de esos días.
Ahora bien: ¿puede creerse que toda estas personas y otras que siguieron paso a paso la expedición pueden ser cómplices de silencio en caso de genocidio? ¿Se concibe un secreto de cinco mil personas? ¿Lo hubiera permitido un humanista como el presidente Avellaneda? La única realidad es que la llanura pampeana quedó libre de malones y que a los indígenas se les asignaron grandes reservas, si bien es cierto que individuos inescrupulosos les cercenaron posteriormente muchas de sus parcelas con supuestos derechos, actitud reprobable, sin duda, que forma parte de litigios del derecho civil.
Por otra parte, mencionar al indio como tal es un insulto. ¿Por qué indio? El es, simplemente, un argentino entre treinta y siete millones de habitantes, con los mismos derechos y obligaciones que todos. No merece ningún tratamiento especial ni más derechos que otros, pero tampoco ninguna tacha que lo invalide, que lo relegue o que lo menoscabe, porque tiene también todas las prerrogativas constitucionales. Es nuestro conciudadano y, por lo tanto, nuestro hermano. Merece y tiene todo nuestro fraterno afecto. No más, no menos. Lo contrario es indigno y discriminatorio.
Lo que se quiso hacer y efectivamente se hizo fue concluir con los asaltos a pueblos indefensos y poner la tierra fértil a disposición de la población para ser trabajada. En efecto, en menos de 25 años a la Argentina se la llamaba "la canasta de pan del mundo".
El 12 de octubre de 1880, Roca juró como presidente de la República, por haber vencido a Tejedor en las elecciones. Hizo un gobierno histórico: concluyó el tratado de límites con Chile, en 1881; desarrolló la instrucción pública; construyó escuelas; extendió los ferrocarriles. Los inmigrantes agricultores comenzaron a agruparse en colonias. Se estibaron miles de bolsas de trigo en las estaciones.
El pedestal de la gloria de Roca está en sus dos gobiernos y en su orientación política, mucho más que en la ocupación del desierto, pero ésta es un timbre de honor de su biografía. Con el tiempo, a través de personas que no han leído específicamente sobre el tema o que tienen otros intereses, se ha creado una fábula que gente de buena fe la ha creído, porque así se elaboran los mitos que después parecen "verdades reveladas" de valor teológico. Felizmente, cualquier serio investigador de historia, cualquier estudioso del pasado que se documente, se preguntará azorado: ¿qué genocidio?

3) Carta de lectores del 28 de noviembre (http://www.lanacion.com.ar/archivo/nota.asp?nota_id=658044&publicacion_id=12523&categoria_id=563&fecha=28/11/2004&Origen=1ra):

Reconocimiento a Roca

Señor Director:

Quisiera hacer alusión a la nota publicada el 23 del actual y titulada «Roca y el mito del genocidio». Encuentro enorme satisfacción en ver que finalmente alguien se haya molestado en realizar un desagravio de la figura del ex presidente Julio Argentino Roca, quien ha sido, probablemente, uno de los más ilustres presidentes de la República. Lamentablemente, los argentinos somos un pueblo ávido de mitos y fácilmente aceptamos visiones revisionistas de la historia que obedecen a concepciones ideológicas e intereses mezquinos.
"Se impone como un deber el respetar la memoria de quienes dedicaron su vida a trabajar por la Patria y, particularmente, por quienes aseguraron la soberanía argentina sobre un territorio codiciado por numerosas potencias extranjeras.
"Hoy, los jóvenes de mi generación no tienen prácticamente ningún conocimiento de la figura de Roca, pero alegremente se regocijan al imputarle el peor de todos los crímenes: el genocidio. El Gobierno debería ocuparse de preservar la memoria de quienes le sirvieron de forma incondicional.
"Por lo pronto, el gobierno de la ciudad debería comenzar a limpiar el monumento a Roca -ubicado en la avenida que lleva su nombre-, el cual desde hace años se encuentra profanado por pintadas agraviantes y vandálicas."

Luciano M. Lorenzetti
Abogado

4) Carta de lectores del 6 de diciembre (http://www.lanacion.com.ar/archivo/nota.asp?nota_id=660469&publicacion_id=12556&categoria_id=563&fecha=06/12/2004&Origen=1ra):

Roca y los mapuches

Señor Director:

"He leído con sumo interés el artículo del presidente de la Academia Argentina de la Historia, doctor Juan José Cresto, sobre la Campaña al Desierto comandada por el general Roca, muy necesario en este momento en el que arrecian los ataques en que se lo acusa de genocidio. Quienes utilizan este término ignoran su verdadero alcance y significado: «crimen contra un pueblo o grupo nacional, étnico o religioso». Alcanza esta definición precisamente al grupo étnico que lo acusa, la comunidad mapuche. Repasemos la historia: la raza mapuche es uno de los nombres de la etnia araucana originaria de lo que es hoy el territorio de Chile, raza formada por valientes guerreros que puso en aprietos a los españoles cuando la conquista de su territorio.
"Esos guerreros comienzan a ingresar en lo que hoy es la Patagonia argentina a principios del siglo XVIII, por eso Cresto afirma que son posteriores a los españoles en la región (Hernandarias, gobernador del Río de la Plata, 1598-1609 y 1614-1618, efectuó expediciones al Sur; llegó hasta el Río Negro, pacificó la región y promulgó ordenanzas en defensa de los indios tehuelches, habitantes aborígenes).
"Es entonces que cuando arranca la invasión araucana-mapuche comienza el verdadero genocidio de la raza tehuelche. Es importante la definición de aborigen. Del latín, aborigenem: originario del país en que viven, en oposición a los que acuden a establecerse en él. Creo que está claro quiénes fueron los verdaderos genocidas; hoy no quedan tehuelches en nuestra Patagonia.
"Hoy, al mencionar actuales mapuches argentinos, salvando su error de considerarse aborígenes, hay que recordar, como dice Cresto en su artículo, «que son simplemente argentinos entre 37 millones de habitantes, con los mismos derechos y obligaciones que todos. No merecen ningún tratamiento especial ni más derechos que otros, pero ninguna tacha que los invalide, que los relegue o los menoscabe; son nuestros conciudadanos y, por lo tanto, nuestros hermanos»."

Edgardo Valentín Dursi
DNI 1.665.371

5) Carta de lectores del 8 de diciembre (http://www.lanacion.com.ar/archivo/nota.asp?nota_id=661154&publicacion_id=12558&categoria_id=563&fecha=08/12/2004&Origen=1ra):

Roca

Señor Director:

"Quiero felicitar al doctor Juan José Cresto, actual director del Museo Histórico Nacional, por su magnífica nota aparecida en la edición del 23 del mes pasado, intitulada «Roca y el mito del genocidio».
"Este trabajo ha enriquecido notablemente una extensa conversación que tuve, hace ya más de 50 años, con el entonces profesor de historia argentina en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, doctor Diego Luis Molinari, de cuya cátedra tuve el honor de ser ayudante docente ad honórem. Aquellos conocimientos y los que ahora brinda a los lectores de LA NACION el doctor Cresto, me sirven hoy para tener una visión más clara y completa de una de las presidencias más notables que tuvo nuestro país. Agradezco, pues, al autor su valiosísima clase de historia transmitida a los argentinos.
"Comentar su trabajo a través de esta carta es tarea harto difícil, pero con sólo reproducir algunos párrafos, tales como «¿ocupaba tierra de indios? La respuesta es negativa: los indios habían llegado allí aun después que los españoles», y «lo que se quiso hacer fue concluir con los malones y poner la tierra a disposición de la población», se tendrá una idea cabal del porqué de la expedición al desierto de Roca."

Prof. Héctor R. Cataldo
DNI 4.321.585

6) Carta de lectores del 20 de diciembre (http://www.lanacion.com.ar/archivo/nota.asp?nota_id=664663&publicacion_id=12621&categoria_id=563&fecha=20/12/2004&Origen=1ra):

Roca y los mapuches

Señor Director:

“He leído el artículo del doctor Cresto (es para nosotros ya una costumbre escuchar su palabra autorizada sobre temas históricos); y también las cartas de lectores de los señores Dursi y Cataldo (las tres publicadas en LA NACION). Me sumo y agrego:
“Roca no encabezó una campaña privada en 1879. Fue como comandante en jefe del Ejército nacional a cumplir la misión que Avellaneda, presidente de la Nación Argentina, elegido por el pueblo, le había asignado. Y esa campaña estuvo destinada a integrar, a incorporar de hecho a la geografía argentina, prácticamente la mitad de los territorios históricamente nuestros, y que estaban bajo el poder tiránico del malón araucano, cuyos frutos más notables eran el robo de ganado, de mujeres y de incendios.
“La campaña de Roca fue civilizadora, evangelizadora y científica. Lo acompañaron curas, misioneros, ingenieros, peritos diversos, etcétera. Por supuesto, hubo combates y muertos de ambos lados, pero en cantidades mucho menores que las que sugieren los que hablan de genocidio.
“Los araucanos, autodenominados mapuches, llegaron a la Argentina allá por 1830, cuando la Argentina era ya una nación libre y soberana. Ergo, fueron invasores. Fue un grupo de aproximadamente 100 hombres, capitaneados por Yanquetruz. Se afincaron en el Neuquén y desde allí se extendieron hacia el sur y el norte. Yo conocí al último cacique araucano auténtico: Curruhuinca; y él me contó la historia, mientras comíamos asado de yegua, rociado con vino generoso... Fue allá por 1950.
“El verdadero genocidio lo cometieron ellos: aniquilaron a los guenaken (o guenecas) que eran los auténticos aborígenes de la región de la Patagonia norte y más conocidos actualmente (cuestiones de las lenguas, que pueden explicarse), como tehuelches.
“Creo que como seres humanos y como argentinos (si nacieron y se registraron aquí como tales), tienen derecho a vivir, trabajar y disfrutar de los beneficios que la legendaria generosidad argentina les brinda. Pero no a falsear la historia y pretender que se les devuelvan tierras que –ellos lo saben–, nunca les pertenecieron.”

Juan C. Páez Garramuño
DNI 6.728.123

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JUAN JOSE CRESTO: LA HISTORIA OFICIAL GENOCIDA
Por ASUNCIÓN ONTIVEROS YULQUILA - Friday, Mar. 04, 2005 at 3:20 PM
yulquila49@yahoo.com.ar 0388 - 425 - 3433 Av. Remedios Fajardo 425; B° 25 de Mayo; (4612) PALPALA; jUJUY

El Doctor Juan José Cresto, presidente de la Academia Argentina de la Historia, es un producto del etnocentrismo, del positivismo inquisitorial y la mentalidad genocida que aún prevalece en la "Academia Argentina de la Historia". Uso las comillas porque tal academia representa el mundo arcaico y fosilizado de los historiadores. Juan José Cresto es lo pasado de los historiadores, representante de un paradigma en crisis total y sin retorno: la "santificación de los padres de la patria".

En el periodo que vive el genocida Julio Argentino Roca, matar un "indio" era normal y cotidiano, era como masturbarse en aras de la "civilización". Para Roca, la élite gobernante y los "dueños" de la Argentina asesinar a un mapuche o un kolla significaba "hacer padtria" y gratificar al "Dios" católico.

Según la "historia oficial", tanto de la "Academia" como del clero católico, la "Virgen de Lujan", patrona del ejército argentino, "es la que ayuda con sus milagros a la derrota definitiva de los malones salvajes". No mencionan el alcohol, los atentados, los fusiles, los secuestros, los cañones, la destrucción de viviendas, el robo de niños y de bebés, la tortura, los sobornos, la traición, arranque de testículos y de pesones, quemaderos; en definitiva, el GENOCIDIO y la USURPACIÓN DE TERRITORIOS.

En 1948, la élite de la Argentina y sus gobernantes de turno no aceptaban la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sancionada en forma unánime por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en París. La delegación diplámatica se ABSTUVO DE VOTAR. El establishment argentino se sostenía con los paradigmas del Doctor Juan José Cresto, también director del Museo Histórico Nacional: una entidad en la que todo testimonio de los pueblos indios son considerados "botín de guerra".

Aseguro que para el Doctor Cresto, tanto Rafael Videla como Julio Argentino Roca son "conquistadores y pacificadores de la patria", y, Adolfo Hitler un "paradigma universal contra el comunismo ateo". Es un "historiador" que sólo tiene espacio en el diario "La Nación", cuyo fundador Bartolomé Mitre, inicia en 1863 una guerra genocida sistemática contra todo habitante "indio" de las provincias de Córdoba, Mendoza y el llamado Chaco argentino.

Asunción Ontiveros Yulquila, Kolla, 55 años, licenciado en comunicación social, investigador del mundo andino y periodista. 4 de febrero de 2005. yulquila49@yahoo.com.ar



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JUAN JOSE CRESTO: LA HISTORIA OFICIAL GENOCIDA
Por ASUNCIÓN ONTIVEROS YULQUILA - Friday, Mar. 04, 2005 at 3:25 PM
yulquila49@yahoo.com.ar 0388 - 425 - 3433 Av. Remedios Fajardo 425; B° 25 de Mayo; (4612) PALPALA; jUJUY

El Doctor Juan José Cresto, presidente de la Academia Argentina de la Historia, es un producto del etnocentrismo, del positivismo inquisitorial y la mentalidad genocida que aún prevalece en la "Academia Argentina de la Historia". Uso las comillas porque tal academia representa el mundo arcaico y fosilizado de los historiadores. Juan José Cresto es lo pasado de los historiadores, representante de un paradigma en crisis total y sin retorno: la "santificación de los padres de la patria".

En el periodo que vive el genocida Julio Argentino Roca, matar un "indio" era normal y cotidiano, era como masturbarse en aras de la "civilización". Para Roca, la élite gobernante y los "dueños" de la Argentina asesinar a un mapuche o un kolla significaba "hacer padtria" y gratificar al "Dios" católico.

Según la "historia oficial", tanto de la "Academia" como del clero católico, la "Virgen de Lujan", patrona del ejército argentino, "es la que ayuda con sus milagros a la derrota definitiva de los malones salvajes". No mencionan el alcohol, los atentados, los fusiles, los secuestros, los cañones, la destrucción de viviendas, el robo de niños y de bebés, la tortura, los sobornos, la traición, arranque de testículos y de pesones, quemaderos; en definitiva, el GENOCIDIO y la USURPACIÓN DE TERRITORIOS.

En 1948, la élite de la Argentina y sus gobernantes de turno no aceptaban la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sancionada en forma unánime por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en París. La delegación diplámatica se ABSTUVO DE VOTAR. El establishment argentino se sostenía con los paradigmas del Doctor Juan José Cresto, también director del Museo Histórico Nacional: una entidad en la que todo testimonio de los pueblos indios son considerados "botín de guerra".

Aseguro que para el Doctor Cresto, tanto Rafael Videla como Julio Argentino Roca son "conquistadores y pacificadores de la patria", y, Adolfo Hitler un "paradigma universal contra el comunismo ateo". Es un "historiador" que sólo tiene espacio en el diario "La Nación", cuyo fundador Bartolomé Mitre, inicia en 1863 una guerra genocida sistemática contra todo habitante "indio" de las provincias de Córdoba, Mendoza y el llamado Chaco argentino.

Asunción Ontiveros Yulquila, Kolla, 55 años, licenciado en comunicación social, investigador del mundo andino y periodista. 4 de febrero de 2005. yulquila49@yahoo.com.ar



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siempre lo mismo.....
Por Leo Brejnev - Friday, Mar. 04, 2005 at 4:47 PM

"En el periodo que vive el genocida Julio Argentino Roca, matar un "indio" era normal y cotidiano, era como masturbarse en aras de la "civilización". Para Roca, la élite gobernante y los "dueños" de la Argentina asesinar a un mapuche o un kolla significaba "hacer padtria" y gratificar al "Dios" católico."


que diferencia hay con los araucanos y los pampas? o alguien es tan boludo de pensar que tenían muchos tapujos en matar a un cristiano? la unica diferencia es que ni siquiera lo hacian por la patria ni por un dios, lo hacian para robar, o porque se les cantaba el orto.

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Rechaso Diario Nacion
Por Jose Armando Juarez - Saturday, Mar. 05, 2005 at 12:22 PM
v_deobligado@yahoo.es 658-22-74-05 Resido en Madrid España

Quisiera hacer llegar ,mi opinion ,como argentino y salteño que soy , desde madrid lugar en donde resido;y desir mi absoluto rechaso ,por falsos y terjiversadores de nuestra historia , al diario La nacion,producto de casero de pavon ,de Mitre y de Sarmiento y luego Roca ; Que aniquilaron nuestros pueblos con sus salvajes ejersitos ,y deformaron nuestra historia ,al cervicio del privilejio -oligarquia-y del imperialismo -colonialismo europeo-y que persistio hasta bien entrado el siglo 20 donde nase una revision de nuestra historia , en donde el argentino comun tiene la oportunidad de reflexionar por primera ves en la historia y enriqueserce de la revicion de la historia. Desde ya mis saludos y el rechaso rotundo al diario La Nacion, y esperando el dia maravilloso en que desaparesca para siempre . Sin otro particular saludos muy atte.

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para leo brejnev
Por Indoamericano - Saturday, Mar. 05, 2005 at 6:48 PM

"que diferencia hay con los araucanos y los pampas? o alguien es tan boludo de pensar que tenían muchos tapujos en matar a un cristiano? la unica diferencia es que ni siquiera lo hacian por la patria ni por un dios, lo hacian para robar, o porque se les cantaba el orto."


Ellos y sus padres habian nacido aqui es decir en esta tierra.
Patria viene de padre significa la tierra de tus padres y si los araucanos y los pampas mataban para defender a su patria
¿igual que Roca y Mitre?
no porque los padres de Mitre y
Roca no habian nacido en la Argentina.
Vinieron aqui para robar y matar y buena parte de lo que robaron es la deuda externa que todavia estamos pagando a las patrias de Mitre y Roca.

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Ah si? habían nacido en la Provincia de Buenos Aires?
Por El Oligarca - Saturday, Mar. 05, 2005 at 7:55 PM

aaaahhhhhhhm los malones eran para defender tierras ancestrales? .........ahora resulta que pueblos castigados por malones como Alvear, Azul, etc eran parte de las tierras ancestrales de los araucanos......jajajajaja, no me hagas reír, imbécil, una defensa tan estúpida de saqueadores y vándalos que murieron en su ley (o sea, saqueados y vandalizados por Roca, que también era flor de h d p) no merece más contestación que esta....

A llorar a la iglesia, pero a la iglesia chilena..jajajajajajaj

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Un socialista en accion
Por Cmada Bresnev - Saturday, Mar. 05, 2005 at 8:59 PM

La furia, el rencor, el odio son la fuerza contra el capitalismo...

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Nuestros muchachos marchan
Por Marchando a la victoria - Saturday, Mar. 05, 2005 at 9:07 PM

Nuestros muchachos dando el ejemplo...

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amigo Yulquila, Usted siempre con las palabras justas
Por Mario - Tuesday, Mar. 08, 2005 at 10:25 PM

contra tanto exceso de rebuscados argumentos su articulo le pinta la cara a todos los fósiles anquilosados q escribieron las cartas de lectores, cresto incluido

vayan mis felicitaciones para Usted

ah, y no le de pelota a un pobre otario q no paso del manual kapeluz, ese q dice q los mapuche vinieron a la 'patagonia' en el siglo xvii, q eran 'feroces asesinos y ladrones', q 'eliminaron' a los tehuelche, etc, etc, etc....

el pobre idiota cree q sabe algo y discute desde ahi

este tipo podria avivarse un poquito mas si leyera 'Nuestros paisanos los indios' de Carlos Martines Sarazola, vamos a darle tiempo




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Porque no laburan
Por Trabajador - Friday, Jul. 22, 2005 at 3:42 PM

Porque en vez de perjudicar a la gente que trabaja en serio, no se ponen hacer algo por loos chicos del norte...ustedes que se creen progres..veamos que hacen por el hambre!
VENCEREMOS!

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Busco la ley
Por AUXILIO - Monday, Oct. 03, 2005 at 2:19 PM


Necesito el texto de la ley que ordenó la campaña al desierto de Roca para un trabajo.

Si alguien la tiene o sabe donde puedo conseguirla que me diga por favor.

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