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El mundo inm贸vil, pr贸logo a La sociedad del espect谩culo, de Guy Debord
Por (reenvio) Christian Ferrer - Sunday, Oct. 30, 2011 at 6:32 PM

Debord. Poco antes de finalizar el a帽o 1994 Guy Debord se suicid贸. La noticia pas贸 inadvertida. Pero es justamente esta omisi贸n involuntaria la que hace justicia a uno de los pocos pensadores aut茅nticos del siglo, porque desapercibir un hecho importante es casi condici贸n de existencia para periodistas y acad茅micos, conscientes de que la pertenencia al aparato cultural de un pa铆s supone un acuerdo acerca de lo que no debe ser le铆do ni pensado.

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Pero en este caso la temporalidad de la noticia es espuria: no indica que, con el pasar del tiempo, se haya perdido el inter閟 por Debord o por su obra, pues mucho tiempo antes de acabar con su vida Debord se hab韆 destituido a s� mismo de la vida espectacular, es decir, de la vida tal cual la aceptamos en la actualidad.

Guy Debord fue un pensador aut閚tico porque fue un hombre consciente de la potencia del espect醕ulo. En un mundo donde diariamente millones de miradas encajan blandamente continuas radiaciones de est韒ulos visuales es dif韈il hallar personas capaces de penetrarlas. En Debord conflu韆n una poderosa mirada anal韙ica y el maceramiento de la experiencia hist髍ica de los r閜robos. Su libro m醩 conocido, La sociedad del espect醕ulo, publicado en 1967, intent� ser un aviso sobre el cambio radical que estaban sufriendo las medidas de referencia acostumbradas para el tiempo y el espacio humanos. Apenas comprender韆mos el alcance de esta p閞dida si la aceptamos como una cat醩trofe de los sentidos: las transformaciones de las dimensiones antropol骻icas y de los escenarios que nos eran habituales son acontecimientos cuya potencia apenas hemos experimentado porque su magnitud a鷑 no ha advenido por completo.

Porque La sociedad del espect醕ulo fue dado a conocer no solamente como una sentencia contra su 閜oca sino tambi閚 como una panor醡ica en profundidad de la misma es que hoy podemos considerarlo un libro cl醩ico. Un 揷l醩ico� no es s髄o un libro capital o una obra magna o una creaci髇 misteriosa sino tambi閚 un yacimiento en el cual pueden seguir hall醤dose vetas, d閏adas -o siglos- despu閟 de escrito. Libros que dan esta talla, en los casos m醩 afortunados, son m閐iums que vinculan a los ancestros con los posteriores. No suele considerarse a la profec韆 un g閚ero cr韙ico, salvo cuando acierta un pleno. Pero conceder a Debord el rango de 揳nticipador� del despliegue del espect醕ulo nos conducir韆 m醩 al entusiasmo del faccioso o a la vanidad del arque髄ogo de las ideas que a la esencia de su obra. No es la clarividencia sobre el porvenir sino el descarne del tema lo que explica que el libro de Debord participe de un linaje especial de libros: el de los cl醩icos secretos. No es inhabitual que este tipo de obras se escriban mientras se vagabundea. Para comprenderla, es preciso tener en cuenta, para beneficio de inventario, la aventura situacionista, que no fue sino un esfuerzo m醩 para encontrar ese grial singular: la f髍mula m醙ica para destruir el mundo conocido. Guy Debord quiso destruir la sociedad que le toc� en suerte, y esa pretensi髇 pertenece al rango de los gestos de amor. Porque los torpederos de una 閜oca son tambi閚 los que la aman m醩 intensamente.

Espect醕ulo

Cada 閜oca promueve una determinada distribuci髇 corporal de la energ韆 ps韖uica. El alcance personal y social de la memoria, la percepci髇 y la imaginaci髇 queda, por tanto, subordinado al organigrama energ閠ico que la cultura inocula en cada cuerpo; y a la celeridad e intensidad con que 閟te logre repelerlo. Guy Debord llama 揺spect醕ulo� al advenimiento de una nueva modalidad de disponer de lo veros韒il y de lo incorrecto mediante la imposici髇 de una separaci髇 fetichizacla del mundo de 韓dole tecnoest閠ica. Prescribiendo lo permitido y conveniente as� como desestimando en lo posible la experimentaci髇 vital no controlada, la sociedad espectacular regula la circulaci髇 social del cuerpo y de las ideas. El espect醕ulo, si se buscan sus ra韈es, nace con la modernidad urbana, con la necesidad de brindar unidad e identidad a las poblaciones a trav閟 de la imposici髇 de modelos funcionales a escala total. Ser韆 necesario volver a la secunda d閏ada del siglo XX para fijar el lugar de emergencia tecnol骻ico e institucional del espect醕ulo actual. El nazismo, el stalinismo y el fascismo s髄o se adelantaron a su 閜oca, y lo hicieron con la torpeza pol韙ica y la brutalidad disciplinaria que definen a todo r間imen emergente: hoy, es preciso rastrear esas ambiciones totalitarias (a saber, la gesti髇 total de la vida desde la regulaci髇 del lenguaje hasta el mapeo gen閠ico) en sociedades legitimadas por maquinarias electorales.

No es 閟te un mundo desencantado. La ilusi髇 es m醩 resistente y necia que cualquier an醠isis de los hechos. Los 搒altos� tecnol骻icos son nuestros actuales milagros; la conexi髇 diaria a las redes y pantallas, nuestra comuni髇 en misa; los nost醠gicos del general Ludd, nuestros herejes; la adquisici髇 de accesorios para el hogar, el progreso en la pureza de nuestra fe; el rechazo a creyentes y nacionalistas, nuestra prueba espiritual; el forzamiento acelerado de las fuerzas productivas globales, nuestra 鷏tima cruzada; la antena parab髄ica, nuestra aguja de la cruz; las veinticuatro horas continuas de transmisi髇, nuestro carill髇 can髇ico; si antes nos redim韆 el cielo, hoy nos emancipamos por control remoto. Una nueva cosmogon韆. La historia humana ha conocido diversas concepciones y experiencias del tiempo y el espacio; ahora, las cartas n醬ticas son sustituidas por frecuencias de ondas; las proyecciones planisfericas, por scaneos satelitales instant醤eos; las medidas espaciales, por ritmos inform醫icos y audiovisuales; los aparatos ideol骻icos de Estado, por el montaje y dise駉 de im醙enes preprogramadas; la guerra de trincheras en el frente de la 揷onciencia�, por batallas de audiencias que culminan en sanciones est閠icas. En todas partes, la diagramaci髇 de la mirada y la transformaci髇 de la velocidad en tiempo inm髒il requieren de nuevas estrategias de control social y de nuevos guardarropas para la verdad. No ser韆 desacertado llamar al espect醕ulo una fe perceptual. El sistema de dominio espectacular se expande autocr醫icamente, al igual que lo hac韆 el sistema pedag骻ico para anteriores generaciones, es decir, como avanzadillas militares sobre espacios humanos no regulados: a todos quiere concernir, a nadie quiere dejar librado a sus propias potencialidades. El imperativo autocr醫ico de nuestra 閜oca requiere de tecnolog韆s sofisticadas y de burocracias especializadas en el arte de la vigilancia, tanto como de mnemot閏nicas espec韋icas para el olvido de la historia. En el extremo, la memoria hist髍ica es forzada a pasar a la clandestinidad y el ojo a despegarse de su cuenca.

Es lugar com鷑 acad閙ico juzgar al pensamiento sobre el espect醕ulo, la tecnolog韆 o la televisi髇 partiendo de oposiciones del estilo p鷅lico y privado, mercado y estado, abierto y cerrado, apocalipsis e integraci髇, soslayando la inclusi髇 de la barra que regula los extremos en un dominio mayor. As� tambi閚, los analistas pol韙icos perfilan a las opciones partidarias y los te髄ogos al legado de Maniqueo. Esas oposiciones confunden el pensamiento sobre las relaciones entre t閏nica y sociedad. No se trata de fomentar el pesimismo cultural sino de pensar el modo en que ese v韓culo es absorbido por las instituciones as� como el modo en que mundos hablados o sentidos son enviados a su ocaso, pues la misi髇 de la sociedad tecnoespectacular no consiste en permitir o retrasar el progreso, sino en conducir a la humanidad a un estadio diferente de dominaci髇. Es nuestra imagen de mundo el material que forja los barrotes del pensamiento binario. Retra韉o hacia el lado oscuro de lo pensable, el espect醕ulo guarda el secreto que lo explica, tanto como el Estado guarda el suyo, y la mercanc韆 tambi閚. Cuando se afirma que los medios masivos ampl韆n las posibilidades comunicativas del g閚ero humano y sacian su sed de saber se le concede sex-appeal a los recursos tecnol骻icos de una 閜oca. Pero la sociedad audiovisual es una lingua franca que debilita modos de sentir previos y descalifica, por principio, a la comunicabilidad humana misma. Esta misma no se sostiene en la capacidad fisiol骻ica de hablar, ni en definiciones de diccionario, ni en la estructura l骻ica de las proposiciones sino en los rastros de memoria y de significatividad que fluyen y despliegan el mundo. El espect醕ulo desde馻 la experiencia vivida, la actividad conversacional y la sociabilidad espont醤ea, es decir, desestima la reunificaci髇 de la comunidad como movimiento inventivo de s� mismo. Por eso, en la interpretaci髇 del espect醕ulo, lo que define a las pol韙icas de la teor韆 es la lucha entablada a favor o en contra de la representaci髇 separada de la experiencia humana. Guy Debord pertenece a la estirpe de aquellos que suponen que lo que es experimentable no puede ser representado, y que la contemplaci髇 de simulacros o la estimulaci髇 sensorial por medios t閏nicos son suced醤eos vitales decididamente insuficientes.

Vanguardia

Hab韆 nacido en Par韘. Aunque muchas veces pase inadvertido, el reino de la negaci髇 existe, y es naci髇 n髆ade y cosmopolita que de tanto en tanto se instala en un lugar propicio. No siempre lo albergan ciudades; a veces le basta un barrio, una calle o una casilla de correo. En la d閏ada de 1960, Par韘 era una de sus capitales y Guy Debord uno de sus estadistas, como Andr� Bret髇 lo hab韆 sido tres d閏adas antes. La hermandad a la que Debord se integr� buscaba, en propias palabras, 搖na autonom韆 sin restricciones ni regulaciones�. No la consiguieron, pero, en el camino, les fue concedida una porci髇 de libertad, la de inventar acontecimientos y verdades inaceptables. Al organizar y liderar al situacionismo, 鷏tima vanguardia del siglo XX, Debord se convirti� temporariamente en el capit醤 de un buque sin bandera.

Es 1945 y la guerra ha terminado. En la orilla izquierda del r韔 Sena el aparato cultural re鷑e sus fuerzas dispersas y asume su puesto de conciencia pol韙ica de Occidente. Mientras tanto, Isidore Isou, un oscuro exiliado rumano de origen jud韔 organiza su propio estado mayor, el 搇etrismo�, e invita a unos pocos l鷐penes de la cultura a seguirlo en su cruzada renovadora del esp韗itu vanguardista. Hacia tiempo que el surrealismo y el dada韘mo hab韆n dejado de chamuscarse los dedos, y s髄o los entusiasmos de una tercera generaci髇 y la incombustible fe de los grup鷖culos anarquistas garantizaban la d閎il continuidad de la revuelta. El situacionismo no fue otra cosa que la desembocadura de un delta de corrientes est閠icas y pol韙icas que a鷑 cre韆n en el poder revolucionario del arte. El encuentro y la discordia calentaron el alambique durante un a駉 entero, luego se decant� a los tibios, y en 1957 fue destilada en la ciudad de Coscio D扐rroscia la Internacional Situacionista.

Se dir� que no es mucho lo que unas pocas personas pueden hacer. Pero no pocas veces la historia de una idea comienza con la fe y la energ韆 de un pu馻do de fieles. En todo soplido se oculta la estructura gen閠ica de un hurac醤. Diez, quiz醩 veinte convencidos, aparecidos en una 閜oca que no parec韆 favorecerles, arrastrando durante quince a駉s una biograf韆 plagada de renuncias, expulsiones, cismas y discusiones bizantinas, editando intermitentemente un bolet韓 dif韈il de conseguir y organizando muy de vez en vez alg鷑 acontecimiento misterioso que diera la nota fueron capaces de dar a luz, mediante una notable econom韆 de fuerzas, lo que el propio Debord llam� 揺l pensamiento del colapso del mundo�. Al comienzo, la izquierda oficial y los intelectuales de revista cultural los trataron con indiferencia, como hacen los se駉res cuando se enfrentan al insolente. Pero la insolencia devino activismo productivo, a saber: un modo de hostigar al mundo a fin de removerlo de sus cimientos. Que una teor韆 perdurable haya brotado de una comedia ultraizquierdista no deber韆 asombrar a los conocedores de la historia de las sectas y de los or韌enes de los saberes; tarde o temprano, o toman el poder o se inmolan junto al mundo que los rechaza. Hacia 1972, cuando la Internacional Situacionista se disuelve a s� misma, no solamente ya estaban apagados los incendios parisinos, tambi閚 se extingu韆 el prototipo humano de la 閜oca burguesa cl醩ica, adorador del arte y la pol韙ica, y se reconvert韆 en un nuevo modelo seriado, 醰ido de espect醕ulos y objetos intangibles. No sorprende el l鷆ido gesto de autoclausurar la experiencia Situacionista (cuando f醕ilmente podr韆n haber cosechado fidelidades juveniles y reconocimientos acad閙icos, consuelos de los incendiarios seniles) pues a medida que sus tesis concitaban cierta atenci髇 en el medio ambiente de izquierda, los miembros de la Internacional parec韆n retraerse y ocultarse, a la manera de los antiguos conspiradores, como si una voluntad de oscuridad constituyera su m髒il estrat間ico. En todo caso, el situacionismo jam醩 fue una vanguardia clientel韘tica.

Visi髇

El espect醕ulo es tan obligatorio como lo ser韆 una ley social, lo cual no remite a trabajos forzados como lo son la participaci髇 electoral, el servicio militar o el testimonio judicial; m醩 bien propone el problema de la indistinci髇 entre deseo y obligaci髇. El espect醕ulo se impone como obligatorio porque est� en posici髇 de ejercer el monopolio de la visualidad leg韙ima. Un r間imen de visibilidad es un r間imen pol韙ico como cualquier otro, con la salvedad de que la c醡ara de vigilancia es una de sus met醘oras privilegiadas: en ese molde se vac韆n conductas y creencias. Y la criminolog韆 tambi閚. Los estadistas se prueban nuevas vestiduras y sus fuerzas de seguridad renuevan personal y m閠odos, pero despu閟 de tantos siglos la divisi髇 del g閚ero humano entre v韈timas y verdugos ha registrado muy escasas variantes. Ca駉nes o graneles angulares, gatillos u obturadores, brigadas ligeras o movileros, generales o editores, el ocaso de unos se馻la el advenimiento de un principio de control que convierte a cada cuerpo en un efecto de iluminaci髇.

La subjetividad propia de la 閜oca est� vinculada a aparatos modelizadores de 韓dole audiovisual, estad韘tico y psicofarmacol骻ico. El r間imen de visibilidad que la regula propone una paradoja: no deja ver. En tanto proped閡tica y prescripci髇 para la vista, no s髄o fuerza a la perspectiva visual personal a ajustarse a modos de ver dominantes, tambi閚 se馻la im醙enes-tab�, un reino de lo inimaginable. La mirada carece de caminos de acceso o de antecedentes perceptivos para reconocerlo. El espect醕ulo es una gran m醧uina disuasiva de la vista: procede a la manera del jugador de ajedrez, disolviendo la estrategia del adversario por adelantado. Se trata siempre de la antigua veda pol韙ica: 搉o intervendr醩�.

La historia del ojo es la historia del r間imen esc髉ico al que est� engarzado. Pero una visibilidad hegem髇ica tambi閚 puede ser definida por aquello que huye de sus lindes y no solamente por el campo visual que controla. Pero nuestro saber sobre los efectos producidos por la luz y el color sobre la visi髇 es mis閞rimo. El ojo es un cristal sobre el cual se proyectan dos rayos: el que emana imprime un catastro visual, y el aura que emerge desde una selva de im醙enes interior; as� tambi閚, un ojo de agua aflora a la superficie desde napas ocultas. 縌u� otra cosa es el sentido de la vista sino un drama visual? La visi髇 no es meramente una actividad fisiol骻ico-social, sino tambi閚 un arte para el cual es preciso educarse. De ello se infiere que del arte de ojos parte un camino del conocimiento revelatorio: un vidente no ve los mismos objetos que un espectador.

A la geograf韆 m醩 inexplorada y m醩 impredecible la ocupa el reino imaginal: desde all� se destilan im醙enes que forjan la 搑ealidad�. El ojo es tanto el campo de la batalla como 髍gano templado para su reconocimiento: del resultado incierto del combate depende el grado de autonom韆 personal. La expansi髇 del mundo visual siempre ha sido consecuencia del ingreso y exploraci髇 en atlas raros o vedados; de las sondas lanzadas hacia lo todav韆 invisible e inaudible. Aqu� centellean las viejas instigaciones del surrealismo, y Guy Debord las ha visto; con ellas despleg� una teor韆 de la emancipaci髇. Quiz醩 por eso se describ韆 a s� mismo no s髄o como un revolucionario profesional sino tambi閚 como un cineasta.

Pol韙ica

Dispusieron de un estilo y llevaron a cabo tres o cuatro invenciones n韙idas. 揢na l韗ica de la furia� sostenida a fuerza de belicosidad, inaceptabiliclad 閠ica de la vida falsa, cr韙ica sin contemplaciones a la izquierda estatista, voluntad de negaci髇 del mundo (y de negar la negaci髇 estancada en su propia obstinaci髇) e imaginaci髇 pol韙ica. No estamos tanto ante la t韕ica metralla pedante de los grupos izquierdistas sino, m醩 bien, ante la 閠ica exigente del negador aut閚tico superpuesto al esp韗itu de la 閜oca. Pocas veces un ideario pol韙ico o filos骹ico que niega a su 閜oca ha tenido la oportunidad de circular en las voces populares; el situacionismo tuvo su cuarto de hora hacia fines de los a駉s sesenta. Pero una 撻poca� es un tablero pateado. Cuando el puntapi� no consigue cambiar las reglas del juego, las piezas s髄o cambian de casillero y los jugadores de lugar, como en una plataforma giratoria. Aun as�, se trata de aceleraciones temporales que son recordadas siglos despu閟. Si de tiempo se trata, entonces en la fundaci髇 de la I Internacional Situacionista en 1957 se arranc� la espoleta a una bomba de explosi髇 retardada. Pero tambi閚 el situacionismo no deja de ser el eco de explosiones anteriores. La I Internacional, la Revoluci髇 Espa駉la, la revuelta h鷑gara de 1956, la Comuna de Par韘, el espartaquismo, la insurrecci髇 de Kronstadt, instant醤eas que vuelven una y otra vez en el libro de Debord para hacernos remontar el 醨bol geneal骻ico de la frustraci髇 socialista, visitado nuevamente por respeto hacia el fracaso. No es f醕il debilitar a las antiguas estirpes. La superficie muere a la primera helada, pero las ra韈es resisten bajo tierra; cuando vuelven a brotar, lo hacen a la manera del g閕ser. De los inventos del situacionismo, la 揹eriva� y la 揷onstrucci髇 de situaciones� pertenecen al orden de la impugnaci髇 pol韙ica de la ciudad, y la 搕ergiversaci髇� a los m閠odos de linaje surrealista. Esta 鷏tima parasita a los productos est閠icos de la cultura de masas o a las manifestaciones del arte preexistentes con el fin de insertarlas en otros contextos reveladores de su funci髇. Al hallarse Debord en inmejorables condiciones para comprender la 搈uerte del arte�, habiendo realizado en los a駉s 50 un balance descarnado de medio siglo de su historia, le fue posible sustraerle el consuelo de su autonom韆 en un mundo alienado. En cambio, los experimentos que los situacionistas realizaron en torno al urbanismo unitario y a la deriva psicogeogr醘ica apuntan a subvertir el orden imaginario de la ciudad. 緾髆o ocurre que la carne se vuelve vasalla de los derroteros urbanos planificados? Esta pregunta revela una inquietud por la experiencia corporal. La deriva resulta ser una t閏nica desorganizadora del territorio administrado y un m閠odo de reconocimiento de la psicotopolog韆 personal. Paseantes como zahor韊s. Hab韆 que cortar los circuitos urbanos, no cab韆 otra salida: las puertas de la ciudad estaban cerradas desde el exterior, y las 鷑icas fugas permitidas, las del turista y la del espectador, conduc韆n hacia las entra馻s mismas del cosmos carcelario. Hab韆 que desplazarse errantes para encontrar m醨genes fronterizos desde los cuales combatir la representaci髇 simb髄ica del h醔itat, hab韆 que restituirla a un principio de identidad m醙ico y experimental. Pero los pasos de frontera no conducen hacia fuera, sino hacia el interior de la urbe, a la cual se la explora y domina por otros medios.

Hoy, la ciudad es en s� misma un orden en movimiento. En las d閏adas de 1950 y 1960 subterr醤eos, autom髒iles, ascensores, aire acondicionado, escaleras mec醤icas y televisi髇 adecuaron la ideolog韆 del espect醕ulo a la industria del confort. La movilidad sincronizada de la ciudad permiti� desplegar un ideal de felicidad privada entre electrodom閟ticos y entorno artificializado. Entonces, todav韆 era posible oponerle el modelo de la festividad p鷅lica, cuando a鷑 no se hab韆 atrofiado el gusto por el andar a ciegas. En un mundo de redes inform醫icas, videoc醡aras, televisi髇 cableada, aeropuertos, sat閘ites artificiales y vacaciones empaquetadas s髄o los delincuentes, los seres sin hogar y dem醩 l鷐penes siguen participando sin m醩 remedio de la deriva. El resto se ajusta a la omnipresente quietud m髒il.

En el gui髇 de su 鷏tima pel韈ula, In girum imus nocte et consumimur igni, rodada diez a駉s despu閟 de la publicaci髇 de La sociedad del espect醕ulo, Debord describir韆 amarga y descarnadamente la condici髇 humana: 揼anapanes que se creen gente de propiedad, ignorantes que se creen letrados y muertos que creen que votan� (�) 搒e los trata mitad como esclavos de campo de concentraci髇, mitad como ni駉s est鷓idos� (�) 損or primera vez en la historia los pobres creen que forman parte de una 閘ite econ髆ica, a pesar de toda la evidencia en contra�. Gente, entonces, que se enga馻 a s� misma sobre casi todo. A la distancia, comprendemos mejor los experimentos urbanos de los situacionistas como pr醕ticas cotidianas testeadoras de estilos de vida. El rechazo a la sociedad espectacular, la cr韙ica a la organizaci髇 de la circulaci髇 urbana, la tergiversaci髇 de materiales art韘ticos administrados y, como alternativa, la construcci髇 del mundo bajo el signo de la situaci髇 no fueron 鷑icamente t醕ticas para fomentar la vida t醕til contra la representaci髇 contemplada; tambi閚 expresan la inquietud por fundar un 醡bito de libertad en donde pueda desplegarse una estil韘tica de la existencia. El situacionismo ser韆, en su centro de gravedad pol韙ico, la ambici髇 de que la vida cotidiana se convierta en un subproducto del arte; en un medio para dar forma art韘tica a la existencia. De modo que deriva, tergiversaci髇, urbanismo unitario y construcci髇 de situaciones apostaban tanto a renovar un suelo como a forzar a los mecanismos ocultos del espect醕ulo a volverse visibles. De lo primero s髄o nos quedan los testimonios de quienes, durante todo el siglo, singularizaron sus vidas. Sus t醕ticas est閠icas dirigidas contra la sociedad administrada, en cambio, son las uvas amargas que llenan la copa de su triunfo te髍ico, pues la 閜oca burguesa ya hab韆 comenzado a recurrir a las vanguardias como vacuna inoculada a su propio sistema de vida: la terap閡tica supuso conceder al mundo una apariencia surreal. Desde entonces el espect醕ulo se oblig� a s� mismo a renovarse a trav閟 de la exposici髇 obscena de sus cimientos. La sinceridad del poderoso se hace posible s髄o despu閟 que intelectuales y pol韙icos decretan que la cr韙ica al espect醕ulo no es her閠ica sino absurda, pues el espect醕ulo resulta ser cr韙ico par骴ico de s� mismo. Pero ya antes se hab韆 garantizado la pobreza espiritual de la poblaci髇.

Alienaci髇

Puede asombrar que Guy Debord remita el an醠isis de la sociedad del espect醕ulo a conflictos hoy olvidados entre leninistas, anarquistas y consejistas. El ciudadano modelo contempor醤eo supone que el mundo comenz� a existir cuarenta o cincuenta a駉s atr醩, pero quien pretenda minar la arquitectura de la representaci髇 debe remontar los afluentes de las ideas que dragaron el camino o, lo que es lo mismo, que aspiraron a lo imposible. Justamente la cultura espectacular vino a desorganizar la precaria unidad de los trabajadores garantizada por una cultura festiva en com鷑. La administraci髇 del estado de cosas siempre ha necesitado de expertos en el arte de la desorganizaci髇 de la comunidad, pero la historia de la guerra pol韙ica contra el Estado es tambi閚 la historia de la amistad pol韙ica. En la promoci髇 de otra sociabilidad, desde Fourier al situacionismo, siempre encontraremos la vindicaci髇 de la fiesta y el banquete y el rechazo a la vida cotidiana alienada. Las ra韈es geneal骻icas del libro de Debord se hunden tanto en la tradici髇 socialista como en la est閠ica vanguardista.

El sindicalismo revolucionario, el anarcosindicalismo, el consejismo obrero, la obra de Ant髇 Panekkoek, el surrealismo, la cr韙ica a la vida cotidiana en la obra de Henri Lefebvre, el an醠isis de las sociedades sovi閠icas emprendidas por los miembros de la revista Socialisme ou Barbarie, las t醕ticas dada韘tas y, por fin, la lectura de Historia y conciencia de clase, de Gyorgy Luk醕s. El libro de Lefebvre es de 1948, y el de Luk醕s se tradujo al franc閟 luego de la Segunda Guerra Mundial; junto a una obra sobre la alienaci髇 de Joseph Gabel y al elogio surrealista de la imaginaci髇 constituir醤 la base de la idea de alienaci髇 a la que se remite Debord. Los situacionistas concedieron la mayor importancia a la pauperizaci髇 de la vida cumplida en los procedimientos de consumo m醩 que a la efectuada en el proceso laboral. Ambos requieren de un cuidadoso dise駉 de las sensibilidades, pero mientras los bastoneros del reloj ya hab韆n logrado cronometrar los d韆s y las noches, s髄o recientemente se ha mejorado el instrumental burilador para tatuar el alma. La alienaci髇 no es una sustancia que se encaja de una sola vez; debe ser impuesta y reconstituida cotidianamente. El resultado es banal, pero est� logrado: el espect醕ulo no s髄o concede dosis calibradas de goce, tambi閚 un atisbo del mundo redimido a trav閟 del consumo prometido. 緿ebord nos remite a temas anticuados y mal planteados, la 揻alsa conciencia� y la 搑evoluci髇�? En todo caso, plantea de modo fuerte un tema sobre el cual todo est� a鷑 por decirse. Porque Debord tambi閚 percibi� la senilidad de los conceptos necesit� revisar la historia de las disputas sobre el Estado, la ideolog韆 y la utop韆 a fin de sustraer el horizonte de la revoluci髇 a esa forma r鷖tica de la separaci髇 espectacular emblematizada por el monote韘mo ideol骻ico de Estado.

Un caso puntual: la televisi髇. Ella ofrece un manual de instrucciones para la vida, pero a su esencia no se la hallar� en el an醠isis de su contenido sino en la red de relaciones en la cual ella opera y en su eficacia para organizar el campo de visi髇 humano. Justamente porque no es una 搇uz mala� inventada para alienar, es preferible abarcar el juego de estrategias que la superan y en las que est� incorporada. Como se sabe, la antigua cartograf韆 territorial se ha transformado en una geoatm髎fera audiovisual: cambia entonces el modo de regular al trafico simb髄ico de poblaci髇. En un territorio 揻韘ico� se controlan cuerpos y conductas, pero en un territorio audiovisual se regulan opiniones y perspectivas visuales. Previamente, la televisi髇 -y ahora, la red inform醫ica- permiti� la deslocalizaci髇 geogr醘ica de la informaci髇, el debilitamiento de identidades 閠nicas y nacionales y la confusi髇 de la experiencia misma del espacio f韘ico.

Una estrategia paralela y complementaria logr� movilizar a la poblaci髇 seg鷑 criterios estad韘ticos: los l韒ites de la vista y de la encuesta devienen las fronteras conscientes del mundo. Lo que resta, excluido de esa visibilidad total, se abre a lo oscuro. Cuando la televisi髇 est� encendida se transforma en el centro del universo del ciudadano democr醫ico: ninguna otra galaxia, ning鷑 otro sol existe. Siendo un aparato de absorci髇 de la mirada, transforma al ojo en un parche donde retumba el tam-tam continuo del m醩 all� del toma-corriente. Este objeto imitante, esta mir韆da de ahoras sincronizados, esta alquimia de fragmentos visuales, estos est韒ulos que no parecen remitirse a un estado mayor constituyen, en verdad, la red nerviosa del cuerpo social: abren una visibilidad. Como antes las estaciones ferroviarias en un mapa nacional, hoy son las pantallas terminales los alfileres que colorean un mapa cableado. La sociedad medi醫ica est� en movimiento, pero el cuerpo no.

Guy Debord ha escrito: 揈l arte de la conversaci髇 est� muerto, y pronto lo estar醤 casi todos los que saben hablar�. El ojo y el tacto aprenden a borrar todo aquello que contradiga el marco de visibilidad y tactilidad al que el cuerpo se ha adaptado como a un nicho ps韖uico: as� tambi閚 los marinos medievales evitaban el mar abierto, Pertenecer al orden de la representaci髇 concede privilegios: tanto televisi髇 como espectador proceden a una trabajo dual de traducci髇 de uno hacia el otro, pero las claves esteganogr醘icas las impone la antena transmisora. De all� que el critico progresista fracase necesariamente cuando analiza el espect醕ulo televisivo: se muestra contrario a su ret髍ica pero emplea su gram醫ica y se somete a su campo visual. La insistencia de Debord en la dimensi髇 pol韙ica del advenimiento de la sociedad espectacular es bastante m醩 que una obsesi髇. El s韓toma de nuestra 閜oca se muestra en el hecho de que estamos siendo observados todo el tiempo.

El Estado ha refinado sus instrumentos de vigilancia, y quienquiera huir hacia lo oscuro se enfrentar� con artiller韆 iluminadora en su fuga. Ocultarse ser� una de las tareas m醩 韒probas del futuro. Y a los que pretendan da馻r al capital circulante por las redes inform醫icas les espera su propia ordal韆. Recientemente se ha llevado a juicio por primera vez a un dise馻dor de virus inform醫icos, quienes, en lo suyo, son artistas. Nunca antes alguien hab韆 sido enjuiciado a causa de sus virtualidades m醩 que de sus actos. Este caso testigo revela la amenaza que se cierne sobre la fiabilidad y la seguridad de las nuevas armaduras del capital: en otras 閜ocas se la llamaba sabotaje obrero. Las met醘oras patol骻icas que se usan en estos casos (m醧uina 搃nfectada�, programa 損eligroso�, datos 搇impios�, virus 揵enigno�, 揷ontagio�) anuncian que las funciones vitales del cuerpo humano en la sociedad espectacular ya no est醤 localizadas en organismos sino en sus extensiones medi醫icas.

Colof髇

La sociedad del espect醕ulo podr韆 haber sido la antioda de nuestra 閜oca, una l醦ida para la sociedad espectacular escrita en tesis afor韘ticas, pero naci� sietemesino y sin audiencia posible: para cuando el objeto de su cr韙ica hab韆 alcanzado la madurez, el frente de batalla de la utop韆 ya estaba silenciado. Veinte a駉s despu閟, Debord public� una serie de glosas a manera de ilustraci髇 posterior de sus tesis y las titul� Comentarios a la sociedad del espect醕ulo. All� se postula la emergencia de 搇o espectacular integrado� como superaci髇 de las dos variantes que nacieron con el siglo: el poder espectacular concentrado (que prioriza la ideolog韆 del Estado totalitario como verdad) y el difuso (que prescribe la elecci髇 deliberada de una variedad de mercanc韆s). La combinaci髇 de ambos se cumple a trav閟 de la incesante renovaci髇 tecnol骻ica, la fusi髇 econ髆ica entre lo p鷅lico y lo privado, la imposici髇 de un veros韒il que no admite replica, y la abolici髇 de la memoria hist髍ica. No menos significativo que estas mutaciones resulta la persecuci髇 y descalificaci髇 de las maneras de vivir, los procedimientos pol韙icos o los modos de pensamiento no colonizados por el espect醕ulo. Pero a los nuevos 揺nemigos del pueblo� ni siquiera se los juzga, s髄o se hace silencio a su alrededor.

Por treinta a駉s Guy Debord vivi� al costado de su sociedad. Justamente, libelos antiestatales, eventos escandalosos, un par de libros, seis pel韈ulas experimentales, el aprestamiento del rescoldo para los fuegos europeos de 1968 y la organizaci髇 de una Internacional no constituyen un curr韈ulum escueto para una sola vida. Puede consider醨selos como pruebas de imprenta de una 閜oca nunca advenida y como prueba de lo que un solo hombre es capaz de hacer con su biograf韆. Ahora, que algunas d閏adas se han ido, ya es posible vislumbrar la grandeza de esas revistas marginales, de esos manifiestos en los cuales agudezas te髍icas, insultos y disputas facciosas lograban un punto 髉timo de armon韆; ahora ya es posible sentirnos contempor醤eos de este ser iracundo, m閐ium de lo irrepresentable, que supo vivir contra el espect醕ulo a fin de cumplir sin dilaciones con las exigencias de la utop韆. Del reino del horizonte que nos fuera moment醤eamente acercado s髄o restan escombros, palabras sueltas y fotocopias amarillentas, con las que todav韆 se ensa馻n de vez en cuando los poderes de turno a fin de aleccionar a cualquiera que pregunte por el antimundo. Y la memoria de aquellos que lo pregonaron se disipa en la estela abierta por los titanes de la 閜oca: pero 閟e es el destino de los n醬fragos, ellos escriben sus 鷏timos mensajes en el agua. Recuperamos el libro clave de Guy Debord, no para satisfacer el gusto est閞il por la marginalia de izquierda ni para vindicar la estirpe amenazada del pensamiento libertario ni para exhumar in鷗ilmente una obra prof閠ica, sino porque, a veces, en temas de actualidad es preferible recurrir a los muertos. No pocas veces piensan mejor que los vivos.

La sociedad del espect醕ulo

Advertencia para la tercera edici髇 francesa.

El libro La Sociedad del Espect醕ulo fue publicado por primera vez en noviembre de 1967 por la editorial Buchet-Chastel de Par韘. Los disturbios de 1968 lo hicieron conocido. El libro, al que no cambi� una sola palabra, fue reeditado a partir de 1971 por la editorial Champ Libre, que tom� el nombre de G閞ard Lebovici despu閟 del asesinato del editor en 1984. La serie de reimpresiones continu� con regularidad hasta 1991. La presente edici髇 tambi閚 es rigurosamente id閚tica a aquella de 1967. Por supuesto que la misma regla ser� v醠ida para la reedici髇 del conjunto de mis libros en Gallimard. No soy alguien que se corrija.

Semejante teor韆 cr韙ica no tiene por qu� ser cambiada, al menos durante el tiempo en que no se destruyan las condiciones generales del largo per韔do de la historia que esta teor韆 fue la primera en definir con exactitud. La continuaci髇 del desarrollo de dicho per韔do no ha hecho m醩 que verificar e ilustrar la teor韆 del espect醕ulo cuya exposici髇, reiterada aqu�, se puede considerar como hist髍ica en una acepci髇 menos elevada: da testimonio de lo que fue la posici髇 m醩 extrema en el momento de las disputas de 1968, y por lo tanto de lo que ya era posible saber en ese momento. Los peores ingenuos de esa 閜oca pudieron aprender m醩 tarde, gracias a los desenga駉s de su existencia entera, qu� significaba la 搉egaci髇 de la vida que ha llegado a ser visible�, 搇a p閞dida cualitativa� vinculada con la forma-mercanc韆 y la 損roletarizaci髇 del mundo�. Adem醩, en su momento he agregado otras observaciones que concern韆n a las novedades m醩 llamativas que el curso ulterior del mismo proceso har韆 aparecer m醩 adelante. En 1979, en ocasi髇 de un prefacio destinado a una nueva traducci髇 italiana, me refer� a las transformaciones efectivas en la naturaleza misma de la producci髇 industrial, as� como en las t閏nicas de gobierno, que comenzaba a autorizar el empleo de la fuerza espectacular. En 1988, los Comentarios a la sociedad del espect醕ulo establecieron con claridad que la precedente 揹ivisi髇 mundial de las tareas espectaculares� entre los reinos rivales de lo 揺spectacular concentrado� y lo 揺spectacular difuso� hab韆 finalizado, en beneficio de su fusi髇 en la forma com鷑 de lo 揺spectacular integrado�.

Esta fusi髇 puede ser resumida sumariamente corrigiendo la tesis 105, que por referirse a lo sucedido antes de 1967 distingu韆 todav韆 las formas anteriores seg鷑 ciertas pr醕ticas opuestas. Una vez finalizado el Gran Cisma del poder de clase por una reconciliaci髇, hay que decir que la pr醕tica unificada de lo espectacular integrado, hoy, ha 搕ransformado econ髆icamente el mundo�, al mismo tiempo que 揾a transformado polic韆camente a la percepci髇�. (La polic韆 en esta circunstancia es en s� misma completamente nueva).

S髄o porque esta fusi髇 ya se hab韆 producido en la realidad econ髆ico-pol韙ica del mundo entero, el mundo finalmente se pod韆 proclamar oficialmente unificado. Y es tambi閚 porque la situaci髇 a la cual ha llegado universalmente el poder separado es tan grave que este mundo tiene necesidad de ser unificado lo m醩 pronto posible, y de participar, como un solo bloque, en la misma organizaci髇 consensuada del mercado mundial, falsificado y garantizado espectacularmente. Y no se unificar�, finalmente.

La burocracia totalitaria, 揷lase dominante sustitutiva para la econom韆 mercantil�, nunca crey� demasiado en su destino. Ella se sab韆 揻orma subdesarrollada de clase dominante� y se pretend韆 algo mejor. La tesis 58 estableci� hace ya largo tiempo el siguiente axioma: 搇a ra韟 del espect醕ulo se halla en el terreno de la econom韆 de la abundancia, y de all� provienen los frutos que tienden finalmente a dominar el mercado espectacular�.

Esta voluntad de modernizaci髇 y de unificaci髇 del espect醕ulo ligada con todos los otros aspectos de la simplificaci髇 de la sociedad fue lo que condujo a la burocracia rusa, en 1989, a convertirse repentinamente, como si de un solo hombre se tratara, a la actual ideolog韆 de la democracia: es decir, a la libertad dictatorial del Mercado, temperada por el reconocimiento de los Derechos del Hombre espectador. Nadie en Occidente ha hecho comentarios, ni una sola vez, acerca de la significaci髇 y las consecuencias de un acontecimiento medi醫ico tan extraordinario. Y en esto se verifica el progreso de la t閏nica espectacular. No hubo m醩 que registrar la apariencia de una suerte de sacudida geol骻ica. Se data el fen髆eno, y se lo estima bastante bien comprendido content醤dose con repetir una
se馻l muy simple 條a ca韉a del Muro de Berl韓-, tan indiscutible como todas las dem醩 se馻les democr醫icas.

En 1991 aparecieron los primeros efectos de la modernizaci髇, con la completa disoluci髇 de Rusia. All� se expresa, m醩 decisivamente todav韆 que en Occidente, el resultado desastroso de la evoluci髇 general de la econom韆. El desorden s髄o es su consecuencia. En todas partes se plantear� la misma pregunta temible que hechiza al mundo desde hace dos siglos: 縞髆o hacer trabajar a los pobres all� donde la ilusi髇 ya ha decepcionado, y donde la fuerza se ha debilitado?

La tesis 111, que reconoc韆 los primeros s韓tomas del declive ruso cuya explosi髇 final acabamos de ver, y que abordaba la desaparici髇 pr髕ima de una sociedad mundial que, como se puede decir ahora, se borrar� de la memoria de la computadora, enunciaba el siguiente juicio estrat間ico cuya justeza ser� f醕il sentir: 搇a descomposici髇 mundial de la alianza de la mistificaci髇 burocr醫ica es, en un 鷏timo an醠isis, el factor m醩 desfavorable para el desarrollo actual de la sociedad capitalista�.

Hay que leer este libro considerando que fue escrito a sabiendas, con la intenci髇 de irritar a la sociedad espectacular. Nunca dijo nada exagerado.

Libro La sociedad del espect醕ulo en PDF http://argentina.indymedia.org/uploads/2011/01/la_sociedad_del_espect_culo.pdf

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