Julio López
está desaparecido
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Viernes 14 de Noviembre de 2008 | Condenan a 10 años a un hombre golpeador

¡Increíble! una vez la justicia estuvo de parte de la mujer

Sonia Beatriz Peñaloza estuvo en pareja durante 3 años con Marco Antonio Barrera. Durante el tiempo que duró su relación, éste la agredía físicamente. El 31 de diciembre de 2007, veinte días después de su separación, Barrera llegó a casa de Sonia, ingresó saltando una pared y comenzó a golpearla ferozmente. Ella declaró que la golpeó en el rostro, en el cuerpo y le rompió una silla en la espalda. La arrastró del cabello hasta la calle una media cuadra, mientas la pateaba.

Mientras tanto, dos amigos del golpeador lo aguardaban en un auto observando todo lo que sucedía. Finalmente, otros dos hombres que estaban en el lugar -Alfredo Díaz Mayorga (vecino de Sonia) y Ángel Mercado- fueron quienes intervinieron para terminar con la golpiza. Cuando Barrera soltó a Sonia y ella comenzó a arrastrase hacia su casa, éste le dio una patada en la cabeza y le grito a Díaz Mayorga “a tu amiga la maté por puta”. Por la golpiza, Sonia, sufrió traumatismo encefálico, traumatismo facial, politraumatismos, fractura en el tabique nasal, golpes y excoriaciones en todo el cuerpo.

Barrera fue llevado a juicio y la Cámara 3º en lo Criminal y Correccional de La Rioja lo sentenció a diez años de prisión. Los jueces entendieron que quedó de manifiesto que antes y después de cometido el ataque tuvo la intención de asesinar a su ex mujer y consideraron además que la patada que le propinó en la cabeza cuando intervinieron los dos hombres para que finalizara con la golpiza "indica con total claridad que el hecho delictivo no ocurrió en circunstancias ajenas al imputado".

Sonia no es la única. Su historia, tristemente, no es excepcional. Lo excepcional, para vergüenza de los tribunales, es que esta vez el agresor fue considerado culpable. No hubo “romanticismo” como atenuante de la condena por violencia. Una y otra vez vemos cómo los grandes medios y lxs jueces se refieren a la violencia machista y misógina de los varones enojados con las mujeres que cortaron vínculo con ellos como “crímenes pasionales”. La única pasión que tienen estos hombres es la pasión por la violencia y la muerte. No hay amor ni nada semejante. Hablar de amor o pasión es agredir una vez más a las mujeres victimizadas y es dar un mensaje muy confuso acerca de qué es aceptable y qué no en un vínculo supuestamente amoroso. La violencia contra las mujeres no es aceptable. Nunca. Moretones no son bombones, violación no es hacer el amor.

Hace cien años, Rafael Barrett, anarquista hispano-paraguayo escribió: “¿Y el enternecimiento de los tribunales cuando se trata de crímenes de pasión? Los celos, la venganza inmediata, la ira, la lujuria, todo lo que destruye nuestra frágil civilización y nos confunde con las bestias feroces, la violencia, en fin, conmueve dulcemente a los señores del jurado. ¡Deben sentirse ellos mismos tan próximos a las bestias! En cambio serán implacables con los delitos complicados, ingeniosos y fríos, donde resplandecen el valor reposado y la inteligencia. Gracias a lo obtuso de las sentencias, aniquilarán organismos todavía aprovechables, y nos expondrán a la constante amenaza de los homicidas románticos.” Cien años. Miles de vidas destrozadas. Parece que finalmente los jueces profesionales han empezado a comprender de qué se trata la violencia contra las mujeres, han empezado a entender que no hay una “naturaleza masculina” que justifique estos hechos como algo inevitable. No hay tal cosa, sino opciones morales: dos hombres decidieron avalar la violencia, los amigos del agresor, y otros dos decidieron que eso no es aceptable e intervinieron para detener los golpes.

En el mundo, sólo 23 países cuentan con estadísticas oficiales sobre violencia de género; en el resto este tipo de ataques son considerados oficialmente todavía como crímenes o hechos pasionales. Argentina es uno de los países que no cuenta con estadísticas sobre la violencia de género. La invisibilización de esta problemática es un escollo para exigirle al Estado políticas públicas para su erradicación. Son muchas las mujeres que mueren a manos de sus novios, parejas o exparejas o sufren golpizas o son abusadas por la única razón de ser mujeres. Según estimaciones que realiza la Organización de Naciones Unidas (ONU), una de cada tres mujeres en el mundo está en riesgo de sufrir violencia. Sonia fue esa una de entre tres. Barrera pensó que sería uno de cientos, que quedan impunes. No fue así. Falta mucho todavía para cambiar estas estadísticas, para cambiar la realidad que reflejan. Todavía resuenan en nuestros oídos las protestas de las mujeres que asistieron hace pocos días en Córdoba a la lectura de la condena al abusador de Eli Diaz, Arturo Benavidez, en la que a pesar de reconocerse el abuso sostenido de una niña durante diez años, se condenó al abusador a sólo ocho. Pero de a poco, algo se va avanzando. Gracias a mujeres como Sonia, como Eli, que no se dejan derrotar, gracias a un movimiento de mujeres que desde hace décadas persiste en sus denuncias y propuestas, y gracias también a los varones que asumen que el cambio los involucra, que no pueden quedar al margen porque no hay margen posible: o se hace algo para parar la violencia o se es cómplice.

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