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kamaruco: una no crónica
Por sebastian hacher ((i)) - Saturday, Nov. 22, 2003 at 9:02 PM
sebastian@riseup.net

cronica de la no crónica de un kamaruco

1
Felipe Suarez es Nahuelpan. No sabe por qué, pero los conquistadores le cambiaron el apellido a su familia. Pero él es Nauhuelpan, y eso es mucho decir. Es hijo y ñieto de los que fueron desalojados en 1937, en aquella noche negra de casas quemadas, animales muertos y un cielo cursi que parecía llorar.

También es hijo de la resistencia; de aquellos que volvieron, que lucharon para recuperar sus tierras y lograron hacerlo.





2
Un Nahelpan al que le robaron la tierra y el apellido, sin poder arrebatarle con ello su identidad, le explica a un periodista winka de nacimiento, renegado por elección y ateo por ideología, que lo que está a punto de ver en los próximos tres días no es sólo una ceremonia religiosa.




3
Tendría que empezar con una frase ingeniosa, que sirva como gancho. Y resumir en las primeras lineas todo el contenido de la nota, para luego ir desarrollando las ideas una por una, utilizando el sistema piramidal. También algunas cuantas fotos paisajistas, de esas extrañas que, por mas que sean los encuadres mas simples, sorprenden porque son un ojo puesto en lo no cotidiano, en eso que de vez en cuando llamamos real y maravilloso. Y, lo entiendo, también tiene que ser corto; al lector le aburre mas de una página.

Pero te dije que no podía, y sigo pensando lo mismo. Entonces quizás sea una crónica de una no crónica; algo así como el relato de nuestros propios sentimientos frente a algo que sabemos imposible de escribir.

Sabés que sería facil mentir. Todo el mundo lo hace todo el tiempo, y la mayoría -el 80% de los lectores- cree que estan diciendo la verdad. La verdad es que no me interesa hacer eso, quedar como el cronista que fue y vio vino y contó, que no llegó a entender nada pero que escribe para otros que no conocen lo que está contando, y entonces todo lo que diga está bien. Que me rajen a patadas de la academia, del gremio, que me excomulguen de los círculos periodisticos alternativoindependientescombativos; no hay vuelta que darle; no puedo ni quiero hacerlo.

Para colmo, ya sé que estoy de más en el crónica. El lector dice ¿que hacés ahí, no ves que molesta tu presencia mezclada con los hechos?. Y yo le respondo ¿y que hacés vos ahí, que no tenés nada mejor que hacer?




4
El Longko Lorenzo Quiraqueo es de los que no volvió. Todavía tiene grabadas en las retinas las imágenes del desalojo, del techo de juncos ardiendo, los caballos relinchando y un padre que no sabía para donde salir. Ahora tiene 78, casi 79 años, y tuvo un sueño.

Era su padre, que volvía desde alguna parte a decirle "aquí será, este día será, de esta forma será". Y como los sueños siempre dicen la verdad a los Mapuche y el longko sabe de eso, así fue, allí fue, y ese día fue.

Nueve de Noviembre fue la fecha que "en el sueño mandaron a decir" para hacer un Kamaruco, la ceremonía mas sagrada y larga que realizan los pueblos originarios de La Patagonia.

Es Felipe Suarez el que explica que "esto también representa la situación que vivimos los Mapuche, porque esta gente nació acá y ahora tiene que andar pidiendo permiso para hacer sus cosas, porque desde que lo desalojaron nunca mas pudieron volver".

El longko Lorenzo Quiraqueo sabe por qué no volvió; desde aquella noche, desde el fuego y los gritos de los animales, se dedicó al trabajo rural, a peonar en las estancias o cuidar la hacienda de otros. Y siempre fue un buen trabajador, y por eso todos lo quieren y hoy, gracias a dios que está jubilado, vive tranquilo y puede caminar por cualquier lugar porque todos, incluidos sus patrones, lo quieren y lo respetan..

Todo lo recuerda Don Quiraqueo. No sólo el fuego; también los secretos de la lengua Mapuche, y cada uno de los pasos de todas las ceremonias que levantó su padre y que hoy él sigue cuidando cada uno de los detalles, porque así dejaron dicho y así mandaron a decir los ancestros y los sueños.

Lorenzo Quiraqueo, el longko, es también un guardián de la memoria en el presente.




5
Te lo quería contar antes, pero no hubo tiempo.

La cámara es como una ventana hacía la realidad, que nos pone en una situación ambigua frente a la acción. Nos detenemos en los detalles coloridos, intentando captar en ellos la esencia de la realidad; nuestros ojos y todos nuestros sentidos están concentados en el punto exacto del foco, esa cruz que apunta al centro del encuadre como la mira de un fusil. Somos francotiradores de la luz.

Pero de repente la ventana se silencia; no se rompe el vidrio, sino que se derrumba toda la casa. Ya no estamos con un ojo adentro y otro afuera, con un intercambio de miradas que intenta situarse en lugar del otro sin dejar de ser uno mismo. Ahora somos un poco más el otro, y -quizás por primera vez- enteramente nosotros mismos.

Y de allí el título; esto no es una crónica, tal como lo charlamos; es lo que sentí y lo que ví cuando se derrumbó voluntariamente la ventana por la que miraba tu realidad.

Quizás sea una crónica de la no crónica. O algo así.




6
La cancha es un círculo delimitado por leña; al este la montaña y el sol, y al oeste los toldos contra la lluvia y el viento. En todo el perímetro, formando un cemicírculo, están los fogones donde convivirán todos los participantes. En el centro, como un eje sagrado, esta el rewe; doce cañas que representan los doce meses del año. Delante de las cañas dos piwchen niños y dos piwchen niñas, los cuatro componentes más importantes de la ceremonia, que durante tres días con sus noches serán los únicos que permanezcan en ese lugar, dirigiendo y facilitando la ceremonia junto con el longko.

Pero más adelante todavía hay dos caballos; uno blanco, que representa la pureza de la nieve, y otro alazan, que representa la fuerza del sol. Los dos están pintados con azul, el color del cielo. Ellos también, durante tres días y tres noches estarán allí, y sólo serán montados para la parte central de la ceremonía.

Antes, mucho antes de la salida del sol comienzan a sonar las trutrucas, llamando a que los rezagados se reintegren al círculo. La carne de caballo, colgada en los costados, se cocina en varios de los fogones que forman un semicírculo, y los mates van de mano en mano. Es de madrugada, pero ya es tiempo de estar despiertos, porque esto no es nada mas una ceremonia; también es compartirlo todo durante tres días y tres noches.

Y entonces, los que aprendieron la lengua en este mismo fogón, los que ofrecieron la sangre del caballo al suelo para alimentar a todos los participantes, apuran la ronda y sueltan historias del pasado, del presente y del futuro.

Los cuchillos acarician la carne, las madres alimentan a sus hijos y las ancianas conversan en un rincón mientras preparan tortas fritas.

Es vida lo que se comparte; cada uno pone lo que puede, cada uno hace lo que quiere o lo que siente que debe hacer.




7
La hermana Agustina toca la trutruca; vino desde Trelew para hacerlo. No quiere que le saquen fotos. No es supertición; es bronca. Ella es la protagonista de "el angel de la trutruca", un cuadro que dio la vuelta al mundo. Pero ella no tiene una copia de su propia imagen; le pidieron 1000 pesos para acceder a una. Respetuosamente, hermano; no quiero salir en las fotos.

La cámara se pone roja de vergüenza y se esconde el regazo de la alguna abuelita en el fogón, como un niño que se siente responsable por las trabasuras perversas de otros niños.





8
Durante el día el purrum se repite mas o menos cada una hora. Los piwchen dan inicio a una ronda alrededor del rewe, haciendo sonar un cascabel. Atrás van las dos piwchen niñas y detrás de ellas otra adolecente que hace sonar el kulltun. En un circulo mas grande, de a dos en dos, hombres y mujeres inician la marcha imitando el paso de los caballos. Los hombres hacen sonar la pifilka, y las mujeres llevan pañuelos en la cabeza y largas polleras.

De dos en dos marchan todos, porque de dos en dos hace todo la naturaleza, y cuatro vueltas dan alrededor del rewe, porque cuatro son las estaciones del año y cuatro los vientos que peinan la tierra.

A los costados, las trutrukas sueltan sus gritos, y detrás, de la escena, una hilera de ancianas cantan un tayl, que se mezcla con los sonidos de los instrumentos provocando una sinfonía por momentos rítmica y por momentos disonante, pero siempre muy poderosa; se adueñán de la atmosfera y nos lleva a todos, de una u otra forma, a participar.

Pero la ceremonia mas hermosa es al amanecer, momentos antes de que el sol se anime a salir entre los cerros. Los hombres montan sus caballos, y juntos dan cuatro vueltas alrededor de la cancha entera, mientras las mujeres bailan un purrum alredededor del rewe. El caballo blanco y el alazan, que ahora tienen colgado los cascabeles, son montados ambos por los piwchen niños.

Luego de cuatro vueltas los caballos cabalgan hacía el sol, y donde todos paran levantan sus brazos al horizonte, gritando un ¡ooooh! que también se repite cuatro veces. Detrás del rewe, una hilera de mujeres canta, y todos los sonidos y los movimientos juntos producen el climax de la celebración.

Es un pequeño mundo lleno de mundo lo que representa el kamaruco.




9
Me explican que este también es un acto político; estamos frente a uno de los cerros que quiere explotar la minera Meridian Gold, y el longko dijo que el kamaruco era también para que se vayan de Esquel. Se pide, se agradece, se promete; es el momento, me dicen, en que los Mapuche mas se conectan con las fuerzas naturales.

Y en los intervalos comemos y contamos historias. Ellos lo hacen por que así es su cultura, y yo lo hago un poco por oficio, y otro poco por sentirme parte del fogón.

Me siento tímido. Cuando veo los rostros curtidos por el sol y el viento haciendo girar el caballo, apretando las espuelas y moviendo las riendas para girar una vez mas hacía el este, alguien me invita a bailar el próximo purrum. Entendiendo, entonces, la fuente de mi timidez.

Y la sensación se hace mas nítida cuando un campesino de poncho marrón arroja con las puntas de sus dedos muday, la bebida tradicional mapuche, al rewe. Está montado en su caballo, y tiene el rostro surcado, la frente ancha y el pelo revuelto por el sombrero que se acaba de sacar. Son manos que conocen las faenas del campo; cortar la leña, cuidar los animales, las tareas de la agicultura, la construcción, la cocina. Y sin embargo sorprende como mueve sus dedos con gracia, arrojando el líquido hecho de agua y maíz como si no quisiera ofenderlo.

Pronuncia palabras en su idioma; salen desde el fondo de su garganta, como queriendo escaparse sin que la quieran soltar; habla con la solenmidad de quién está frente a una gran autoridad.





10
Nosotros, todos nosotros, solemos leer a Rodolfo Walsh, pero lo hacemos de forma tal que solo recordamos las partes que nos convienen. Te regalo, para terminar, algunas frases de uno de sus escritos personales; una memoria y balance de si mismo que hace en diciembre de 1970 :

"Nuestro rango en las filas del pueblo es el de las mujeres embarazadas, o los viejos. Simples auxiliares, acompañantes. Eso estaría bien, de todos modos, si fuéramos modestos".

¿Entendés por qué esa frase me vuelve a la mente justo en el momento de terminar de escribir esto?.

Te recuerdo mi posición; al costado de un círculo perfecto, la cámara que insiste en derrumbarse como una casa entera, la sensación de estar frente a algo que no puedo explicar, y sobrevolando todo eso la timidez de saber que uno no es entaramente el otro. Y la invitación a bailar el purrum, como un desafio de parte de un otro que con esas palabras me devolvía a mi propio lugar; el que nos asigna Rodolfo Walsh.

Creo que a veces nos tomamos a nosotros mismos demasiado en serio, y estar en el costado de ese mundo tan particular y rico es una pequeña y sabia lección para descubrir quienes somo realmente.

Quizás el desafío sea simplemente ese; entender nuestro modesto lugar en la historia y ocuparlo con la conciencia de saber donde estamos parados. Tal es el oficio del periodista, y ni digo del periodismo militante porque sería, para mí, una extraña tautología.

O tal vez sea aceptar el reto; dejarse llevar por el sonido de las pifulkas y bailar de a dos en dos, saltando a la ronda de nuestros propias realidades . En nuestro caso sería un purrum cuesta arriba, de pasitos cortos y -confiemos en eso- con la modestia del que siempre viene llegando.

Tenemos que hacerlo, aunque mas no sea para tener el honor de que alguien diga alguna vez, como Felipe Suarez, ser hijo de la resistencia.

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Muchas gracias!!!
Por Cristina - Sunday, Nov. 23, 2003 at 9:08 AM

Eso, sòlo eso...

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sebastian
Por una - Sunday, Nov. 23, 2003 at 11:20 PM

si el lector dijera "que hacés ahí, mezclado con los hechos", se perdería la oportunidad de saber sobre una ceremonia a la muy pocos no-mapuche acceden. Y se perdería la oportunidad de poder percibir la emoción que genera la reunión de la gente de la tierra. Los que estamos tan alejados de la tierra, que nuestra única oportunidad de pisarla es ir a una plaza, sin embargo quizás por memoria colectiva o genética tenemos recuerdos de haber estado alguna vez en comunión con ella, con tu relato hoy podemos "recordar" un poco más.
Y si forzamos el recuerdo tal vez volvamos a tener la conciencia de lo que significó vivir en comunidad, de estar todos bailando el mismo purrum, tal vez hasta recordemos que pertenecemos a la tierra y que debemos honrarla.
Y en medio de la más espantosa disolución de la identidad que estamos viviendo en estos tiempos, los nahuelpan, las agustinas, se siguen reuniendo para recordarnos el camino, para mostrarnos el verdadero rostro de los que significa la resistencia, la pertenencia y la identidad.

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