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Saddam, Noriega y los escándalos de la Halliburton
Por medio - Wednesday, Dec. 17, 2003 at 5:31 PM

"Como pasó en Panamá, después de Noriega, los Ali Babá siguieron en su cueva."




Tuesday, December 16, 2003 22:41



Alexandr Mondragón
Cuando hablemos de la captura de Saddam, no hay que olvidar a Manuel Noriega. Aunque Panamá e Iraq, pueden ser dos casos diferentes, ambos tienen muchas cosas en común. Muchos años antes de que ambos fueran retratados como genios del mal y malvados dictadores —todo encaja como si fuera un libreto ya escrito hace mucho tiempo—, ellos también fueron consentidos, armados y apoyados económicamente por el gobierno de los Estados Unidos.
En otras palabras, ambos fueron una fabricación de los servicios de inteligencia de Estados Unidos, para ser usados en el contexto de las necesidades política exterior norteamericana en el tiempo en que ellos —Hussein y Noriega— fueron útiles.
Noriega fue un infiltrado y soplón de la CIA por casi tres décadas, por ejemplo, entre 1970 y 1976, él recibió de la CIA y el Pentágono más de $100,000 anuales [según la revista Newsweek], aún cuando ya tenían fuertes evidencia de que él estaba involucrado en el tráfico de drogas hacia los EE.UU. Años después Noriega ayudó al tráfico de armas para las operaciones encubiertas de EE.UU. en Centroamérica en los años 1980's.
En el caso de Saddam y sus relaciones tiene admirables paralelos.
Aunque el ex líder iraquí, de 66 años, es para Estados Unidos un déspota que sojuzgó a su pueblo y una amenaza evidente a la paz mundial, lo cierto es que nadie del poder tiñe canas en este mundo sin los buenos oficios de Washington. De eso, por ejemplo, puede dar fe el actual secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, quien lo visitó en Bagdad en 1983 como enviado de Ronald Reagan.
Es que, en aquellas épocas, Washington alababa a Saddam por cualidades y episodios verosímiles de su gestión. Lo veían como el gran modernizador, el único musulmán de Oriente Medio que fomentaba el alfabetismo e impulsaba el trabajo femenino. Los gerentes de Occidente se restregaban las manos con los contratos que proveían a Bagdad de tecnología para el petróleo. Todos, en fin, descorchaban champaña en su nombre. Como líder musulmán secular, era en efecto un fiel contrapeso al poder creciente de los ayatolás iraníes y su clero conservador, furiosamente antinorteamericano.
En 1980, con la venia del Salón Oval, Hussein atacó a Irán. Tras la guerra de ocho años con un saldo de un millón de muertos y sin triunfadores claros, Saddam no trepidó en gasear a las poblaciones kurdas del norte iraquí. Esa fue otra de sus carnicerías, pero su acabóse comenzó en 1990 cuando invadió Kuwait —una canilla de petróleo para Occidente— bajo el mandato de George Bush padre. Desde entonces su fin ya estaba dictado.

¿Circo a la vista?
De hecho, la captura de Saddam Hussein refuerza las posibilidades de que George W. Bush sea reelegido presidente. Sin embargo, como falta casi un año para las elecciones presidenciales, mucho dependerá de cómo evolucione la situación en Irak y de si los ataques de la insurgencia aumentan o disminuyen.
En este escenario, a Casa Blanca puede utilizar el juicio a Hussein para llevar agua a su molino. Es fácil imaginar —cómo está sucediendo hace un buen tiempo en Perú, con el juicio a otro ex servidor de la CIA, Vladimiro Montesinos— el impacto que pueden tener sobre el electorado norteamericano los testigos que desfilarán para hablar sobre las torturas y muertes que tuvieron lugar durante su régimen.
Otra cosa, en este mismo contexto, la captura de Saddam ha sido para nublar rápidamente los escándalos contra la compañía Halliburton, la empresa que fue dirigida por el vicepresidente Cheney.
Dos días antes de la captura de Saddam, se revelaron dos informes. En uno de ellos el Pentágono reveló que encontraron carne en descomposición y ollas sucias entre la comida que reciben los soldados norteamericanos en aquel país. Este nuevo escándalo compromete a la empresa KBR [Kellogg, Brown & Root] subsidiaria de Halliburton, que ya había sido acusada de cobrar sobreprecios en contratos petroleros en Bagdad.
El propio Bush tuvo que dar la cara para defender la 'transparencia' de cómo se desarrollan los negocios alrededor de la reconstrucción iraquí. Pero así y todo reconoció que la empresa Halliburton cobró sobreprecios en contratos petroleros firmados con Bagdad por un monto que llegaría a 61 millones de dólares, por un contrato con Irak por 215 mil litros de combustible.
El Pentágono, dijo Bush, inició una investigación luego que una auditoría advirtiera sobre la operación. 'Su investigación pondrá al descubierto los hechos para que todo el mundo los vea y si hay un precio excesivo, que nosotros creemos que lo hay, esperamos que ese dinero se devuelva', manifestó el presidente, quien defendió la honorabilidad de su gobierno.
Como dijo un lector en el The new York Times: 'Los EE.UU. invadió Irak, no encontró Armas de Destrucción Masiva... [hubo] guerra, muerte y destrucción totalmente innecesaria, [mientras] los amigos de Bush se han hecho más ricos'.
Como pasó en Panamá, después de Noriega, los Ali Babá siguieron en su cueva.

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