Julio López
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La multitud contra el pueblo
Por Paolo Virno - Sunday, Dec. 26, 2004 at 5:23 AM

Las formas de vida contemporáneas afirman la disolución del concepto de "pueblo" y la renovada pertinencia del concepto de "multitud". Estrella fija del gran debate del Seiscientos del que desciende gran parte de nuestro léxico ético político, estos dos conceptos se colocan en las antípodas. El "pueblo" tiene una índole centrípeta, converge en una voluntad general, es la interfaz o el reverbero del Estado; la multitud es plural, aborrece la unidad política, no estipula pactos ni transfiere derechos al soberano, rehúsa la obediencia, se inclina hacia formas de democracia no representativa. En la multitud Hobbes reconoció a la mayor insidia para el aparato estatal ("Los ciudadanos, cuando se rebelan contra el Estado, son la multitud contra el pueblo"), Spinoza, la raíz de la libertad. Desde el Seiscientos en adelante, casi sin excepciones, ha prevalecido incondicionalmente el "pueblo". La existencia política de los multi en cuanto multi ha sido suprimida del horizonte de la modernidad: no sólo por los teóricos del Estado absoluto, sino también por Rousseau, de tradición liberal, del mismo movimiento socialista. Pero hoy la multitud toma su revancha, caracterizando todos los aspectos de la vida asociada: costumbres y mentalidad del trabajo posfordista, juegos lingüísticos, pasiones y afectos, modos de entender la acción colectiva. Cuando se constata esta revancha conviene evitar al menos un par de necedades. No es que la clase obrera se haya extinguido beatamente para dejar su lugar a los "multi": más bien, y la cuestión es mucho más complicada e interesante, los obreros actuales, como tales, no poseen ya la fisonomía del pueblo, sino que ejemplifican a la perfección el modo de ser de la multitud. Además, afirmar que los "multi" caracterizan a las formas de vida contemporáneas no tiene nada de idílico: las caracterizan tanto para bien como para mal, en el servilismo como en el conflicto. Se trata de un modo de ser: distinto de aquel "popular", es cierto, pero en sí no poco ambivalente, estando provisto también de sus propios venenos específicos. La multitud no deja de lado con gesto desenvuelto la cuestión de lo universal, de lo común/compartido, en suma del Uno, sino que la recalifica de arriba abajo. Ante todo, se produce un vuelco en el orden de los factores: el pueblo tiende al Uno, los "multi" derivan del Uno. Para el pueblo la universalidad es una promesa, para los "multi" una premisa. Cambia, además, la misma definición de lo que es común/compartido. El Uno hacia donde gravita el pueblo es el Estado, el soberano, la voluntad general; el Uno que la multitud lleva a sus espaldas consiste, al contrario, en el lenguaje, en el intelecto como recurso público o interpsíquico, en las facultades genéricas de la especie. Si la multitud rehuye de la unidad estatal es solamente porque ella está relacionada con todos los demás Uno, preliminar antesque concluyente. Sobre esta relación es conveniente interrogarse más a fondo.Una contribución importante es la ofrecida por Gilber Simondon, filósofo muy caro a Deleuze, hasta ahora casi desconocido fuera de Francia. Sus reflexiones versan sobre los procesos de individuación. La individuación, el pasaje de la genérica dotación psicosomática del animal humano a la configuración de una singularidad irrepetible, es quizá la categoría, más que ninguna otra, inherente a la multitud. Bien visto, la categoría de pueblo se aplica a una miríada de individuos no individuados, sobre entendios como sustancias simples o átomos solipsísticos. Precisamente porque constituyen un punto de partida inmediato, o sea el éxito extremo de un proceso accidentado, tales individuos necesitan de la unidad/universalidad procurada por el conjunto estatal. Y viceversa, hablando de multitud se pone el acento precisamente en la inviduación, en la derivación de cada uno de los "multi" de algo unitario/universal.

De "Cuando el verbo se hace carne" (Trad. Eduardo Sadier, Tinta Limón y Cactus)

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