Julio López
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Una lectura sobre "La casa de los conejos"
Por Mercedes Maiztegui - Tuesday, Mar. 24, 2009 at 12:31 PM

Una reseña de Mercedes Maiztegui sobre el libro de Laura Alcoba, "La casa de los Conejos" (Edhasa, 2008).

La niña Laura le muestra a Diana, la militante de Montoneros que oficia como maestra, el crucigrama que ha creado. “Acá hay una falta de ortografía ¿ves? Asar, escrito así, es un verbo infinitivo.” Laura lo corrige trasladando la falta: Videla, azar y arte se cruzan ahora con Izabel y (patria o…) muerte.

La casa de los conejos parece construirse sobre las palabras cruzadas, Isabel Martínez de Perón y Jorge Rafael Videla se mezclan con la consigna de la militancia revolucionaria de las 70 y con el arte, ¿por azar?

Laura Alcoba elige la literatura para contar cómo era la vida en la casa que compartió junto a su madre y otros militantes de Montoneros cuando tenía unos siete años. La niña, que asiste a la construcción del embute más sofisticado: detrás del muro donde aparentemente termina la casa y se amontonan jaulas con conejos, la actividad oficial de la casa, se imprimen ejemplares del periódico Evita Montonera.

El 24 de noviembre de 1976, la casa ubicada en la calle 30 entre 55 y 56 fue atacada en un impresionante operativo comandado por el jefe de la Policía Provincial, Ramón Camps, y el Director de Investigaciones de la fuerza, Miguel Etchecolatz. Diana Teruggi, Daniel Mendiburu Eliçabe, Roberto César Porfidio, Juan Carlos Peiris y Alberto Oscar Bossio fueron asesinados. Clara Anahí Mariani, de tres meses de edad, fue secuestrada y apropiada. La casa destruida y saqueada, es recuperada muchos años después por la Asociación Anahí que mantuvo intactas las huellas del ataque, testigos de la brutal represión, para que hoy pueda ser visitada. “Chicha” Chorobik de Mariani sigue buscando a su nieta, Clara Anahí.

En el año 2003, Laura Alcoba vuelve a la casa que abandonó poco antes del ataque y recorriendo nuevamente los mismos lugares, ahora con impactos de bala y con la pared del fondo destruida, da comienzo a la escritura del libro. La casa de los conejos, escrita originalmente en francés, ya va por su cuarta edición a menos de un año de su publicación en Argentina. El éxito editorial en un texto que aborda un tema tan poco indagado como la lucha armada es llamativo.

La narración de la experiencia de los sobrevivientes a través de la literatura genera un pacto de lectura particular, las fronteras entre la ficción y el testimonio, entre el relato autobiográfico y el histórico se confunden en una voz autoral que a su vez autofigura como personaje. "Quise evitar tanto la trampa de la reivindicación como la trampa del cuestionamiento generacional", declara la autora en una entrevista. Y tal vez por eso se “atreve” a hablar de “la Argentina de los Montoneros, la dictadura y el terror” desde la mirada infantil. Pero el relato de la niña se cruza con cortes donde la autora interviene y de esta manera aparece una tensión entre el relato autobiográfico, el testimonio, la historia y la literatura que establece un pacto de lectura ambiguo. Son dos planos que atraviesan el texto y se unen en el lector, como si el texto mismo fuera el embute que se repite hasta el final. Lo aparente, lo oficial con lo “otro”, cuestiones todavía conflictivas.

En La casa de los conejos además, se puede leer la búsqueda de un lugar, un lugar como sobreviviente, del lado de los vivos. Esta búsqueda se puede ver por ejemplo en esta voz infantil indecisa, por momentos poco convincente, una manera de tomar distancia a partir de la ficción pero que está permeada por la voz adulta que escribe y toma posición, una mirada que trata de naturalizar la limpieza de las armas con el pan untado con dulce de leche. La nena que sabe que hay que callar entabla un vínculo estrecho con tres personajes: Diana, embarazada de Clara Anahí, con la que pasa la mayor parte del tiempo y a quien el libro está dedicado; la vecina, que aparece como un escape al clima que impera en la casa; y el Ingeniero. El Ingeniero, el inventor del sofisticado mecanismo que mantiene a la imprenta lejos de cualquier ojo inquisidor, es justamente quien más la reta con respecto a los recaudos que hay tomar. Diana y la vecina parecen representar para Laura el adentro y el afuera con respecto a la situación que viven. El ingeniero en cambio, parece caer en la trampa, en la “trampa” literaria del género policial.

La casa de los conejos da cuenta de las fracturas y el intento de encontrar un sentido, una lógica a “toda aquella locura argentina” atravesada todavía por múltiples controversias. De la trama ficcional emergen relatos sobre lo que sucedió, donde no faltan los dos demonios, la “guerra sucia”, las víctimas inocentes y las “culpables”, los héroes y los traidores.

En el año 2006, en un juicio histórico después de la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, Miguel Osvaldo Etchecolatz fue juzgado por el asesinato de Diana Teruggi. El día 18 de septiembre, a un día de la sentencia que lo condenó a reclusión perpetua, Jorge Julio López, uno de los testigos, desaparece. La búsqueda, la incertidumbre, la angustia, la consigna de “Aparición con Vida” se reactualizan. Los que saben el destino de tantos chicos como Clara Anahí, callan.

López sigue desaparecido. Esta lamentable actualización de los hechos y debates en torno a lo que pasó demuestran hasta qué punto el pasado está presente y la lucha por la Verdad, la Justicia y la Memoria sigue vigente.

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