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La Corte Suprema define el destino de un wichi
Por Fuente: El Tribuno - Friday, Jan. 01, 2010 at 3:35 PM

Cobertura del diario conservador salteño de este tema de gran debate y polémica.

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Para la Justicia, cometió un crimen. Sus defensores dicen que "sólo fue fiel a su cultura"

La Corte Suprema define el destino de un wichi

Fecha Publicación: 31/12/2009|10:47 Translate

El aborigen, de 32 años, está preso por embarazar a su hijastra cuando ella tenía 9 años · El cacique y las mujeres de su propia comunidad lo defienden, arguyendo costumbres ancestrales.
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Qa’tu, o José Fabián Ruiz, es un aborigen wichi de la misión Hoktek T‘oi (Lapacho Mocho), ubicada en las afueras de Tartagal.

El hombre, de 32 años, está preso acusado de violar a su hijastra cuando ésta tenía 9 años, aunque para todos los referentes de su comunidad y un antropólogo inglés, especializado en las costumbres de esta etnia, sólo fue fiel a sus costumbres, ya que la niña había comenzado a menstruar y, por ello mismo, ya era mujer.

El 10 de noviembre pasado, su abogada, América Angélica Alemán, presentó un recurso extraordinario a la Corte Suprema de Justicia de la Nación, pidiendo su libertad, denegada por el alto tribunal salteño, cuyos miembros ratificaron que Ruiz está acusado de abuso sexual agravado por el vínculo en perjuicio de la hija de su ex pareja wichi.

Qa’tu se encuentra detenido desde mediados de 2005 en el penal de Tartagal, procesado sin juicio.

Según la ley argentina y el derecho internacional, está acusado de violar y embarazar a una niña, hija de su ex esposa, Teodora Tejerina, quien avala la relación del acusado con su marido, lo mismo que todos los integrantes de Hoktek T‘oi.

El antropólogo británico y misionero anglicano en la zona desde hace 32 años, Joh Palmer, coincide con los pobladores. "Mantenerlo preso es un crimen étnico", remarca.

Opuesta es la postura de la cacique Octorina Zamora, de la misma etnia y fundadora del Tewok Nechaiek, primer partido aborigen de Argentina. "Lo hecho por Qa’tu es un crimen y una aberración. En nuestra cultura como en todas los niños juegan, no se acuestan con adultos".

En tanto, el juez federal de La Plata, Carlos Rozansky, pionero en la investigación y sanción de los delitos sexuales contra niños, fue claro: "Una menor de 13 años, por su estadio evolutivo, no tiene la posibilidad de elegir sobre su sexualidad; por lo tanto, lo que haga un adulto sobre ella, por más invocación de costumbres culturales, como se arguye en este caso, es un delito y una aberración".

A partir de esta aparente contradicción entre derecho y cultura originaria se desató una polémica de alcance internacional que continúa.

¿Estela fue una niña abusada por un adulto o una jovencita wichi que decidió libremente sobre su vida de acuerdo a la cultura de su pueblo? ¿Las costumbres de los pueblos originarios tienen preminencia sobre los derechos humanos universales? ¿La sociedad argentina se rige por la igualdad ante la ley o el respeto a las diferencias culturales?

La integridad personal y sexual de los menores, ¿no es lesionada al sostener la teoría del relativismo cultural? Las posturas de la defensa, algunos antropólogos y la comunidad wichi, ¿no significan un modo de continuar victimizando a la presunta víctima y a su hijo?

¿Es legítimo y válido que Qa’tu, su supuesta actual esposa (la niña) y la comunidad que lo defiende, arguyan el desconocimiento del delito de violación y de los derechos de los menores de edad cuando, por otro lado, conocen y argumentan a su favor los derechos a la tierra, a los recursos naturales, a la vivienda y el trabajo que legítimamente les reconocen la Constitución de la Nación Argentina, la Constitución de Salta y el derecho internacional?

El juez Rozansky respondió estos interrogantes desde su experiencia. "Es una falacia sostener como argumento la supuesta elección de un menor. A una niña que tenga nueve o trece años y que mantenga relaciones con un hombre adulto se le ha robado su normal despertar sexual de acuerdo a su crecimiento etáreo".

“El me gustó, pedí permiso a mi madre y ella aceptó”

La niña supuestamente abusada contó cómo fue que se relacionó con el hombre y asegura que ahora “es mío”.

En el 2004 los funcionarios del Registro Civil de Tartagal llegaron hasta Lapacho Mocho para regularizar la identidad de los niños aborígenes. Cuando le llegó el turno a Estela, su madre dijo que había nacido a fin de un año que no podía precisar.

“Los wichi no miden el tiempo como nosotros. Sus ciclos son totalmente diferentes, pues se rigen por la naturaleza que los rodea”, explicó el antropólogo John Palmer.
Ante la ausencia de datos formales, los funcionarios determinaron que la chica, por su aspecto pequeño, tenía ocho años y que había nacido el 31 de diciembre de 1996.
Poco después, Estela experimentó sensaciones nuevas y arrolladoras: comenzó a menstruar, a sentirse mujer y deseó al esposo de su madre.

Al menos así lo aseguraron a El Tribuno tanto la joven como Teodora, su progenitora: “Ella ya era mujer, y me dijo que quería a Qa’tu”, contó la mayor. “El me gustó. Se lo conté a mi madre, y después que ella aceptó, fui con Qa’tu”, relató, entremezclando vocablos de su idioma y algunos términos en castellano.

Dentro de la celda, Ruiz o Qa’tu habló con El Tribuno y sostuvo lo mismo: “Después que Estela me dijo que me quería, yo hablé con Teodora. Ella les preguntó a las mujeres de nuestra comunidad, después a todos, y me dieron permiso. Entonces comencé a estar con Estela”, recordó el acusado.

-¿Pero usted no sabía que, al ser adulto, tenía prohibido por la ley acostarse con una menor de edad y que entonces hacía algo incorrecto?

- Yo no hice nada malo. Ella me buscó y Teodora y la comunidad me autorizaron para que sea mi mujer.

El hombre comenzó a convivir en el mismo rancho con madre e hija. Y aunque la relación con Teodora se había terminado, estaba obligado a mantener la subsistencia de ambas. Poco después la menor quedó embarazada. Cuando su estado de gravidez fue avanzado, interrumpió su asistencia a la escuela.

La directora, Dora Carrizo, preguntó a la madre por su ausencia y Teodora le explicó por qué. La docente, horrorizada, la convenció de que esa relación era un delito y llevó a la mujer ante la Justicia, aunque ésta ahora se retracta, asegurando que fue obligada por la docente. Otros afirman que Qa’tu, hijo de un chamán, la amedrentó.

“Yo soy mujer, esposa de Qa’tu y madre de Menajen”, sostuvo la jovencita. “Yo era mujer libre cuando lo elegí a él. Mi madre, las mujeres y la comunidad aceptaron lo que quise, pero ahora mi hombre está preso, no me dejan verlo. Por eso me duele el alma. La Justicia de los blancos tiene que escucharme y soltar a Qa’tu. Todos lo necesitamos”, enfatizó. Luego de los acontecimientos, se halla sola.

Han pasado cuatro años y nació un niño al que lo inscribió con el nombre de Menajen, siguiendo la costumbre de llamar a sus descendientes de acuerdo al momento en que nacen.

“Menajem” en idioma wichi, significa: “Por quien su padre está preso”.

31 de diciembre de 2009 (El Tribuno)

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