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Otras maneras de ver el mundo
Por MARGARA AVERBACH en Revista Ñ - Thursday, Jan. 19, 2012 at 10:15 PM

Retomando conceptos de una entrevista publicada en Ñ, la autora analiza la relación entre algunas minorías étnicas de los EE.UU. y el mercado. La apropiación de ciertas formas, afirma, no supone aceptación sino un modo estratégico de resistir.

Otras maneras de ver...
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En la Argentina, Navidad y Año Nuevo son un remolino de culturas. Este diciembre, pasamos el 31 con una familia amiga. Argentinos de distintas edades, algunos con tiempo de exilio en el exterior. Se comentaron muchas costumbres diferentes, por ejemplo, las de mi familia, en la que los regalos se repartían en Año Nuevo porque no se festejaba la Navidad.

En medio de esa cena multicultural, hubo preguntas sobre mi tema de estudio: las literaturas amerindias estadounidenses. O más bien sobre las culturas amerindias porque no dijimos mucho sobre libros. Eran preguntas que conozco bien: si algunos personajes muy cinematográficos como Toro Sentado o Caballo Loco eran históricos; cuál de los grupos estaba “más adelantado”, más “cerca de aceptar lo occidental”.

La primera pregunta dice mucho sobre esa frontera resbaladiza entre relato social y hechos históricos. Yo les dije que Toro Sentado y Caballo Loco eran líderes lakotas y que ambos murieron asesinados cuando ya estaban confinados en una reservación.

El análisis de la segunda pregunta es casi infinito. No pienso agotarlo aquí pero hay que decir que la idea de que la historia es lineal, un camino en el que Europa (Occidente) va “adelante” y los demás la siguen es un concepto occidental que suele “naturalizarse”, es decir, se lo considera una verdad evidente e indiscutible que da por sentado que la “civilización” es solamente la que Europa exportó al mundo después del Renacimiento.

Eso es lo que hay que discutir.

Para los pueblos originarios de América, por ejemplo, el tiempo no es lineal sino cíclico y la dirección en la que camina la “civilización” europea está destruyendo el planeta. Esas culturas tomaron mucho de los conquistadores (la conquista los obligó) pero no se sienten “atrasadas” ni condenadas a seguir por el mismo camino.

En una entrevista publicada en Ñ, el 31 de diciembre, los antropólogos sudafricanos Jean y John Comaroff tocan ese punto cuando hacen notar que el Norte suele borrar las ideas que provienen del Sur. Con la globalización, el Sur ya no está en el Sur: abarca a los pueblos no blancos en los países occidentales, los inmigrantes y los que ya estaban ahí. Es cierto: el Norte borra las ideas de ese Sur y así impone como única su manera de leer el mundo.

Pero esa lectura no es única y, para entrar en el nivel de las opiniones, no tiene por qué ser la más “adelantada”. Para muchos, algunas visiones no europeas del mundo son más saludables que esas para el futuro del planeta. Pero no pueden prosperar si no se acepta antes que la cultura europea no es ni “natural” ni “universal”.

Las visiones amerindias del mundo en América del Norte no ponen a la humanidad por encima de las plantas, los animales, las piedras o los ríos. En esas culturas, todos somos parientes y la Tierra es nuestra Madre. La primera consecuencia de ese concepto es que la “naturaleza” deja de pensarse como fuente de recursos, como objeto a utilizar y se convierte en una parte de la comunidad, una parte con tantos derechos como la humana.

El choque de esas visiones del mundo con las europeas creó el continente multicultural y mestizo en que vivimos. Y ese mestizaje es el centro de las literaturas amerindias, tanto en inglés como en castellano (en autores como Asturias o Arguedas). Estos autores escriben en idiomas de la conquista pero, como lo llaman Gloria Bird y Joy Harjo (dos grandes poetas amerindias estadounidenses), “reinventan el idioma del enemigo”, se apropian de él y lo usan para contar culturas no occidentales.

Los casinos de los que hablan los Comaroff en la entrevista son un caso semejante. La mayoría de las reservaciones indígenas estadounidenses están en tierras desérticas. En la pobreza absoluta, las tribus crearon casinos aprovechando una grieta legal (la ley estadounidense considera a estos pueblos “naciones domésticas”, un oxímoron impactante que proviene de la conquista: cuando los “tratados” fueron estrategia del robo de tierras, se necesitó declarar a las tribus “naciones” del mismo nivel que los Estados Unidos). Sin duda, son empresas capitalistas para producir dinero. Sin duda, como la apropiación del “inglés”, los casinos son peligrosos para los pueblos y generan debates furiosos, como se lee en novelas como The Bingo Palace de Louise Erdrich. Pero llevarla a cabo no significa que se estén aceptando las visiones europeas del mundo. Al contrario: muchas veces sirve para rechazarlas.

Un ejemplo: en 2010, fui a un congreso en un casino de los isleta-pueblos en Albuquerque. En una entrevista a Simon Ortiz, el gran poeta ácoma, le pregunté qué se hacía con el dinero. “Nosotros no lo repartimos entre las familias”, me dijo. “Compramos tierra para la reservación”. Como cuando se reinventa el idioma del enemigo, aquí se utilizan las grietas legales de los blancos para conseguir dinero (indispensable en la sociedad en que la conquista hundió a las tribus) y después se lo usa para ampliar la base territorial comunitaria, el lugar en el que se preserva la cultura.

En Huellas, otra novela de Erdrich, esta sí traducida hace años, Nanapush, un abuelo chippewa, trata de rescatar a su nieta, que está en la escuela de pupilos. La escuela fue un mal lugar para las tribus: el Estado se llevaba a los chicos lejos de sus familias y les imponía el idioma y sobre todo la cultura de los conquistadores. Para sacarla de ahí, Nanapush aprende a escribir, y estudia la ley blanca. Lulu, la nieta, vuelve a casa y la historia termina con la escena del reencuentro. Miembro de una cultura decididamente oral, Nanapush aprende a hundirse en un mar de papeles (así lo describe la narradora) porque en Occidente el poder está en la escritura. Pero no lo hace porque quiera “adelantar” en el camino de la “civilización” ni porque crea que Occidente es la meta. Al contrario: lo hace para salvar a su nieta de Occidente. Para transmitirle la visión chippewa del mundo y permitirle mantenerse en el lugar que aman sus raíces: en su comunidad, entre todos sus parientes, los humanos y los ríos, las montañas y los animales que forman su comunidad.

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