Julio López
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Caso Sobrero: ¿exigimos la renuncia de Fernández?
Por Rolando Astarita - Sunday, Oct. 09, 2011 at 6:46 PM

El martes 4 Rubén Sobrero y Leonardo Portorreal fueron excarcelados, pero continúan imputados en la causa por la quema de los trenes. El juez trata de despegarse del asunto, sugiriendo que fue víctima de una maniobra de la policía. Por su parte, el gobierno mantiene silencio, después de haber respaldado al juez cuando mandó detenerlos. Ante este escenario, algunos dirigentes de la izquierda están exigiendo las renuncias del Jefe de Gabinete y del juez, así como la apertura de los archivos de la SIDE y la formación de una comisión investigadora. Sin emargo, la crítica debe apuntar al fondo del problema, porque el ataque a Sobrero no es producto del odio personal de Aníbal Fernández a los “troskos”, sino el resultado de una orientación del Estado en defensa del capital.

Caso Sobrero: ¿exigi...
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El martes 4 Rubén Sobrero y Leonardo Portorreal fueron excarcelados, pero continúan imputados en la causa por la quema de los trenes. Por ahora, Sobrero y Portorreal no pueden salir del país, ausentarse de sus domicilios por más de 48 horas y deben presentarse una vez por mes en el juzgado. Esto a pesar de que se evidenció que se trató de una causa armada. El propio juez ahora trata de despegarse del asunto, sugiriendo que fue víctima de una maniobra de la policía (por lo que decidió entregar la investigación a la Secretaría de Inteligencia). Una excusa estúpida para disimular el papelón. Por su parte, el gobierno mantiene silencio, después de haber respaldado al juez cuando mandó detener a Sobrero y Portorreal.

Ante este escenario, algunos dirigentes de la izquierda están exigiendo las renuncias del Jefe de Gabinete, Aníbal Fernández y del juez Yalj, así como la apertura de los archivos de la SIDE y la formación de una comisión investigadora, independiente y con plenos poderes, que eche luz sobre cómo se armó la causa y también sobre las relaciones entre el Gobierno y la empresa. Christian Castillo, dirigente del PTS y candidato a vicepresidente por el FIT, formuló este reclamo. Esta clase de demandas son muy comunes en la izquierda. Es que parece “lógico” que si el juez X y el ministro Y estuvieron a la cabeza del escándalo, exijamos sus renuncias. Y si sospechamos que la SIDE nos está vigilando, reclamemos por la apertura de sus archivos y el despido de los funcionarios involucrados. También parece lógico que todo esto lo haga alguna “comisión con plenos poderes”. Todo entonces es muy “lógico”…. pero en un mundo en que no existiera el poder del Estado, la lucha de clases y el dominio del capital. Es que en el mundo concreto en que vivimos, pienso que estas demandas no llevan a ningún lado; y son funcionales a la propaganda que tiende a presentar todo como producto de errores de personas. El sistema en sí no es el problema, lo que fallan son las personas, viene a decir el mensaje subyacente. Aquí habrían actuado mal un juez y un jefe de gabinete, de manera que hay que reemplazarlos; por este camino, podría llegarse a un Estado más democrático, más tolerante, etc. El foco de la atención está puesto en los personajes.

La renuncia del fusible

La idea que defiendo es opuesta a la anterior. Sostengo que la crítica debe apuntar al fondo del problema, porque el ataque a Sobrero no es producto del odio personal de Aníbal Fernández a los “troskos”, sino el resultado de una orientación del Estado en defensa del capital. Fernández se puede haber equivocado en su instrumentación, y es posible que en algún momento sea reemplazado, debido a su manifiesta ineptitud para la tarea. Pero es ineptitud en la defensa de los intereses de la clase dominante; no se lo desplazará por defender al capital -y atacar a la izquierda- sino por hacerlo mal. El cambio no modificará las cosas de alguna manera sustancial.

Destaco que este enfoque del problema puede parecer novedoso, pero no lo es. Hubo una tradición en la izquierda que hacía eje en la denuncia y la crítica del carácter de clase del Estado, y desestimaba por inconducentes las demandas centradas en el cambio de “figuritas”. En este respecto quiero recordar la posición de Lenin en 1917, cuando se dio un caso que parecía habilitar la típica demanda “que renuncie el ministro”. Contextualizo el tema: en abril de ese año se filtraron informaciones sobre tratativas secretas con los aliados del Ministro de Relaciones Exteriores, Milyukov, para continuar la guerra. Inmediatamente estallaron manifestaciones en Petrogrado; los manifestantes -entre los que había muchos bolcheviques- pedían la renuncia de Milyukov y la publicación de los acuerdos diplomáticos secretos. Como resultado de la presión, renunció el ministro, aunque los tratados no se dieron a luz. Mucha gente que estudia la Revolución Rusa pasa por alto que en ese episodio hubo una voz discordante en la izquierda. Esa voz fue la de Lenin. Contra el sentido común imperante, Lenin argumentó que un cambio de personas no hacía ninguna diferencia, y solo alimentaba falsas ilusiones. Escribía: “Todo el gobierno provisional es un gobierno de la clase capitalista. Es un asunto de clases, no de personas. Atacar personalmente a Milyukov, demandar, directa o indirectamente, su renuncia, es una comedia estúpida, ya que ningún cambio de personalidades cambiará algo en la medida en que no cambien las clases que están en el poder” (Íconos contra cañones, frases contra el capital” O. C. t. 24). Y al hacer el balance de la crisis, señalaba: “Las manifestaciones comenzaron como demostraciones de soldados bajo la consigna contradictoria, equivocada y carente de efectividad de “Abajo Milyukov”. ¡Como si el cambio de personas o grupos pudiera cambiar la sustancia de la política!” (“Lecciones de la crisis”, ídem).

Al margen de las situaciones políticas tan distintas -en Argentina no está en curso una revolución, como sí lo estaba en 1917 en Rusia- rescato el enfoque de Lenin, anclado en un criterio materialista. Lo central es retener que las orientaciones políticas fundamentales de los Estados y gobiernos no dependen de las personas a cargo, sino de las fuerzas políticas y sociales que los mismos expresan, y los sustentan. Son estas fuerzas las que establecen los escenarios en los que actúan los personajes. El empeño de los ideólogos del capital está puesto en disimular este hecho, y exaltar al “héroe”.

Destaco también que el reclamo de renuncia del ministro Fernández no me parece “neutro”, sino perjudicial. Es que no sólo plantea un objetivo que no representa progreso alguno, sino también lleva agua al molino de los que quieren hacernos creer que hoy “la lucha por el cambio” (vaya a saber uno qué es ese “cambio”) pasa por disputarle “a la derecha” espacios de poder en el futuro gobierno K. Desde el enfoque que estoy planteando, estas intrigas de palacio sólo darán lugar a cambios cosméticos. ¿O acaso alguien puede ilusionarse de que las cosas cambiarán para los militantes “a lo Sobrero” porque en lugar de Fernández esté Garré, o De Vido, o algún dirigente de La Cámpora? Algo similar podemos decir de la renuncia del juez Manuel Yalj. Todos estos funcionarios no son más que fusibles del sistema. En última instancia, cuanto están muy quemados, pueden ser reemplazados; con lo cual se salvan las apariencias, e incluso se difunde la idea de que el Gobierno y el Estado son “sensibles” a los reclamos populares. Es la vieja política de cambiar algo para que todo siga igual.

Archivos y comisiones investigadoras

Con el mismo criterio analizo el reclamo de apertura de los archivos de la SIDE. ¿Quién puede creer que la clase trabajadora puede obligar a publicar los archivos reales de los servicios de inteligencia del Estado capitalista? Es más fácil tomar el poder político, que lograr semejante cosa. El Estado capitalista es un organismo del capital, cuya función esencial es defender las relaciones sociales existentes. Para cumplir este cometido, necesariamente mantiene una amplia red de vigilancia y montañas de datos sobre los elementos díscolos, posibles subversivos del orden del capital, críticos, etc. En este punto puedo brindar un ejemplo personal. En 1976 estuve detenido-desaparecido durante 24 días en Superintendencia Federal; fui dejado en libertad, pero en 1977 volvieron a buscarme (felizmente sin éxito); en 1982 volví a ser detenido, pero esta vez en forma más o menos “legal” (aunque incomunicado y sin posibilidad de llamar a un abogado). El “cargo” siempre fueron mis ideas y militancia socialista. Pues bien, el hecho es que todavía en la actualidad, cada vez que voy a tramitar un pasaporte, me lo retienen con el argumento de “hay antecedentes”. ¿Cuáles? Los de la época de la dictadura. Incluso en 2009 estuve a punto de perder un viaje por esta retención. Esto, a pesar de toda la propaganda oficial sobre los derechos humanos (1976-1983; la triple A y otras yerbas no se indagan). El tema es que aunque lograra que no me hostiguen con los antecedentes al ir a retirar mi pasaporte, mis antecedentes seguirán en poder de los organismos de inteligencia. Pueden decir que borran listas, pero no les creo palabra. El aparato de represión contra los socialistas y críticos del sistema, seguirá intacto, en tanto continúe vigente el dominio del capital.

Por otra parte, de nuevo es interesante ver qué decía Lenin, a propósito del reclamo de publicar actas y acuerdos diplomáticos secretos: “… nuestra línea no puede consistir en exigir del gobierno la publicación de los tratados. Esto sería una ilusión. Exigir esto a un gobierno de capitalistas es lo mismo que exigirles que descubran sus trampas comerciales” (intervención en la Conferencias del POSDR (b) de Petrogrado, t. 24 O. C.). Encuentro esta idea totalmente aplicable a los archivos de los aparatos de inteligencia estatal en Argentina, y en cualquier otro país capitalista.

Naturalmente, todo lo anterior también se aplica a la exigencia de la comisión investigadora. Es casi elemental que para investigar a los organismos del Estado, y sus relaciones con los empresarios, habría que tener poder. Poder para llamar a declarar; para detener gente; para entrar en los recovecos del aparato estatal -en particular de las fuerzas represivas- y también para meterse en las empresas. Pero este poder hoy no existe en la izquierda. Siempre que planteamos una consigna tenemos que preguntarnos cuáles son las condiciones en las cuales las podemos aplicar. Investigar las conexiones del gobierno, con sus fuerzas represivas, y los grupos económicos, y los negociados mutuos (a lo que habría que agregar las conexiones con la burocracia sindical, por lo menos), equivale poco más o menos a establecer el control del pueblo y la izquierda sobre el Estado y la clase capitalista. ¿Qué sentido tiene esto? La política tiene que partir del análisis de las relaciones de fuerzas existentes. Es necesario hacer un análisis materialista. De lo contrario, se alientan ilusiones, y la política se ubica en las nubes.

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Caso Astarita: ¿Pedimos permiso a un pie para mover el otro?
Por M.A. - Monday, Oct. 10, 2011 at 6:49 PM

1. Propósito. Síntesis.

Me interesa responder a Astarita no tanto por la importancia intrínseca de la consigna que él critica en esta ocasión sino porque, tanto en este planteamiento suyo como en otros que viene haciendo, encuentro un elemento en común: Detrás de una radicalidad aparente anida un contenido conservador y, desde un punto de vista más formal, la crítica de Astarita involucra un círculo vicioso del que sería imposible salir pensando como él hace.

Según lo veo yo, la mencionada circularidad viciosa es, a su vez, resultado del modo en que Astarita encara cada cuestión que discute: Adoptando el punto de vista del normal funcionamiento del sistema, en lugar de enfocarse en los puntos de quiebre y las fisuras que pueden convertir un proceso circular (vicioso) -como son la reproducción y la acumulación capitalistas- en una espiral (virtuosa) de desarrollo revolucionario.


2. Argumentos particulares. Síntesis.

No creo desfigurar el argumento de Astarita si lo sintetizo del siguiente modo: El reclamo de renuncia a Aníbal Fernández consiste en hacer que el árbol (el funcionario) impida ver el bosque (el sistema) o, también, busca responsabilizar del incendio a un "fusible", que es reemplazable, en lugar de señalar que lo que causa los incendios es la organización de la instalación eléctrica en su conjunto (valga esta última metáfora mía, que sólo busca extender la del fusible, propuesta por el propio Astarita).

Astarita sostiene que el reclamo de renuncia es, ante todo, 1) inconducente porque no apunta a las verdaderas causas. Más aún, sería 2) frustrante y confundente (“no lleva a ninguna parte”, dice Astarita) porque no modificaría la situación (de persecución hacia los militantes populares) sino que la contribuiría a perpetuarla. Y peor aún: en definitiva esta clase de reclamos sería 3) perjudicial para el activismo de izquierda, porque lleva agua al molino de quienes buscan lavarle la cara al sistema, los que buscan poner kirchneristas “progres” o “buenos” -es decir, a sus propias figuras- en reemplazo de los kirchneristas represores, “malos”, etc.

Estoy convencido de que ninguno de los elementos que Astarita provee para fundamentar su crítica es acertado. Veamos.


3. Contrargumentación particular

Sobre el enfoque o la idea general de Astarita, cabe decir lo siguiente: Es posible que haya casos en los que centrarse en el árbol sea una táctica distractiva, dirigida a invisibilizar el bosque.
Sin embargo, difícilmente pueda atribuirse a Cristian Castillo (dirigente del PTS y candidato a vicepresidente por el FIT, que formuló el reclamo criticado por Astarita) semejante táctica, cuando tanto Castillo como su partido y el frente de izquierda son conocidos por el carácter sistemático, anticapitalista de fondo, de sus críticas políticas. No creo necesario abundar a este respecto, desde que muchísimas intervenciones públicas de este y otros dirigentes del frente de izquierda, así como las prensas de los partidos que lo integran, desarrollan críticas de fondo al régimen capitalista en tanto sistema.

Quizás Astarita podría decir que, más allá -o más acá- de las intenciones generales de Castillo, está el caso de este reclamo en concreto. Es decir, se podría argüir que este reclamo en particular de Castillo está en contradicción con sus ideas generales. Tampoco es así, o no necesariamente debe ser así.

La oposición entre el árbol y el bosque es una abstracción antidialéctica, en la que caerá quien pretenda (como dice Astarita que hace Castillo) orientar al individuo o a la parte en oposición al todo.
Sin embargo, lo que yo discuto es que la atención puesta en el árbol equivalga siempre, necesariamente, a un ocultamiento o un olvido del bosque. Desde luego que no es así: ¡Ya querría yo verlo a Astarita talar un bosque sin hacerlo en primer lugar con cada árbol en particular! (¡y espero que no se tome mi metáfora humorística como un aval a la deforestación salvaje!).

Abandonando la metáfora, lo que quiero decir es que el ataque a un funcionario no necesariamente debe estar dominado por el espíritu de perfectibilidad del régimen, recambio de personeros, etc., sino que puede estar orientado a inferir golpes al sistema en la persona de quienes más conspicuamente lo representan. Es claro, creo yo, cuál es el espíritu dentro del cual Castillo ataca a las figuras particulares de Fernández y Yalj: no como un lavado de cara a un sistema perfectible sino como denuncia al sistema que les asignó las responsabilidades por las cuales -y con razón- se los acusa.

Obviamente, el personal del gobierno -y del sistema- tratará de contener dentro de su propia perspectiva el reclamo contra Fernández, individualizándolo (como ya hizo con los responsables del asesinato de Mariano Ferreyra, y en casos anteriores) pero esto no debe cargarse en la cuenta de la izquierda, sino en la de sus enemigos.
Como sea, la misma limitación encontrará, necesariamente, todo reclamo particular o toda lucha acotada a reivindicaciones particulares: de no poder derrotarla, el sistema tratará de encapsularla e integrarla.

La integrabilidad de los reclamos particulares, sin embargo, debe hallar un límite que no es, como parece pensar Astarita, una cuestión principalmente conceptual.

Hablando hipotéticamente, que un funcionario sea recambiado cuando la movilización que reclama su renuncia no haya podido ser derrotada, no hablaría solamente de la capacidad del sistema para recuperar su equilibrio: No sólo se daría el caso de que un funcionario haya sido reemplazado, también sería el caso de que ello no sucedió voluntariamente sino a causa de que el sistema no habría logrado vencer, de modo más o menos indoloro, la movilización que impulsaba ese reclamo.
O sea, es el caso de que el gobierno no derrotó la movilización, sino de que la movilización derrotó al gobierno, en relación a lo que era su primera voluntad.
Digo más: para apreciar correctamente el contenido del recambio de figuras individuales, hay que analizar cuidadosamente qué es causa de qué: Si un recambio es resultado de que la movilización popular tuerce la voluntad antipopular de un gobierno, su contenido (siempre en particular) debe ser considerado progresivo. En tales circunstancias, debe evaluarse que un golpe contra un funcionario ha sido un golpe, quizás no decisivo pero un golpe al fin, contra el sistema.
La realidad es contradictoria, y no veo por qué sólo hay que considerar uno de los polos de la contradicción, como hace Astarita.

¿Lleva o no a alguna parte el (hipotético) éxito de una (hipotética) reivindicación como la mencionada más arriba?
Astarita afirma que no, ya que ello renueva la posibilidad del sistema para persistir en sus mecanismos represivos en virtud del lavado de cara oficiado por el recambio de personeros.
En esto Astarita peca de ligereza, porque no será la primera vez que un funcionario progresista u honesto presenta su renuncia a causa del trabajo sucio que desde arriba se le exige que haga. Es decir, es falso que a causa de la sistematicidad del régimen social y político queden predeterminadas las acciones y actitudes de cada funcionario individual (al contrario, hay muchísimos ejemplos históricos de cómo los virajes de un sistema se verifican mediante el reemplazo de funcionarios).
De todos modos, esto no es esencial.

Lo más importante es que no es verdad, como postula Astarita, que forzar al sistema al reemplazo de una pieza individual reafirme necesariamente los habituales procedimientos del sistema (es decir: que si antes del reemplazo reprimía abiertamente, o si armaba causas judiciales truchas, necesariamente lo vaya a seguir haciendo después de un recambio forzado de funcionarios, etc.).
Hay bastantes ejemplos en sentido contrario, pero me conformo con mencionar que la orientación de reprimir en regla, con todos los componentes del estado actuando unánime e impunemente, debió ser abandonada tras el enérgico repudio popular suscitado por la masacre de puente Pueyrredón. Y eso que allí no sólo no pudo llevarse al banquillo a los responsables políticos de la masacre (responsabilidad política que cabe a Fernández en la causa trucha armada contra Sobrero) e incluso no se pudo forzar la renuncia inmediata de Duhalde sino que éste sólo debió anticipar su retirada.

En cambio, lo que habría alentado al sistema a continuar la represión en regla, contrariamente a lo que parece creer Astarita (¡me cuesta prnsar que lo cree realmente!), habría sido la renuncia a atacar a las figuras particulares involucradas en la represión.

Desde luego que, en los casos de la masacre de puente Pueyrredón o el asesinato de Mariano Ferreyra, esto último no se hizo -al menos no lo hizo la izquierda- en la perspectiva de lavarle la cara al sistema, a las clases dominantes, etc.
Pero las perspectivas generales no pueden flotar en el vacío: La masacre de puente Pueyrredón se realizó en virtud de intereses de clase, pero eso no quita que en primer lugar dichos intereses debían ser atacados en las personas de sus ejecutores y representantes particulares, para luego ir subiendo en la escala de responsabilidades, y no bastaba con sólo criticarlos en general.

¡Sería bueno que el sistema pensara como piensa Astarita! De ese modo Mariano Ferreyra estaría vivo, ya que ¿para qué atacar a un individuo cuando lo importante es atacar a toda una clase, al conjunto de su vanguardia, etc.?
Lamentablemente, el sistema tiene las cosas más claras que Astarita, y sabe bien que atacando a un individuo se ataca al conjunto.

Sucede que Astarita habla de por dónde debe pasar la correcta “crítica”.
Pero es claro que Astarita concibe la crítica como algo abstraído de la acción: Una crítica radical, al todo, puede no llevar a ninguna acción, especialmente cuando el estado efectivo de conciencia de las masas no habilita acciones totales (la revolución y la toma del poder) sino sólo particularizadas (lmovilizarse para forzar la expulsión de un funcionario criminal).

Astarita se dice "militante marxista", pero en sus planteos me resulta difícil encontrar justificación para cada uno de los términos de la expresión.
Para "militante", falta el sentido de la acción, del activismo, de la praxis.
Para "marxista", faltan la comprensión dialéctica del vínculo todo-parte, del carácter transicional de las consignas reivindicativas y, sobre todo, de la naturaleza contradictoria del sistema y de su actual tendencia declinante.

. . . . . . . . . .

En lo que hace a la masacre de puente Pueyrredón (como al asesinato de Mariano Ferreyra), una crítica general, sistémica, que por orientarse contra el sistema como totalidad no hubiera reclamado ningún castigo particular para los individuos involucrados (es decir una crítica como la que reivindica Astarita) habría sido para el sistema una señal clara de que puede seguir reprimiendo: ¡Ya querría ver yo qué funcionario -o qué matón, en el caso de Ugofe- querría ocupar un cargo no para llenar su propia bolsa sino para ser el fusible de superiores arbitrarios!

Algo que aprendí en el período del Argentinazo es que ni siquiera los funcionarios policiales más adictos a la represión se muestran interesados en reprimir cuando sospechan que, si lo hacen, podrán ser usados como “fusibles”. Esto prueba que, en determinadas condiciones, el impacto del golpe inferido a un individuo se trasfiere al sistema que dicho individuo encarna.

Como conclusión de este punto, entoces: Los reclamos dirigidos a que un funcionario pague el pato por el sistema que representa, no sólo sirven en un sentido defensivo (para bloquear futuras iniciativas represivas, etc.), sino que pueden permitir y facilitar avances en la movilización popular al quebrar o debilitar la cadena de mando del enemigo.

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Para sostener su crítica en términos “canónicamente” marxistas, Astarita recurre a algo que en otros lados ha censurado: la cita de autoridad. En este caso cita a Lenin.
Menciona Astarita que Lenin impugnó, en marzo de 1917, el reclamo de que renunciara el ministro kadete Miliukov, exigido por las masas a causa de su intento de continuar la guerra a favor de la triple entente.

Si algo tienen de malo las guerras de citas, es que suelen tomar las palabras al margen de las condiciones en que fueron emitidas, al margen de los propósitos con que lo fueron, etc. A pesar de las previas críticas de Astarita a dicho método, esto es lo que él mismo hace: toma las palabras de Lenin para aplicarlas a una situación bastante diferente a la original. Veamos.

Cuando señaló que reclamar la renuncia de Miliukov era distraccionista respecto de la orientación general que los intereses de la clase dominante impondría a cualquier funcionario que ocupase el lugar de Miliukov, Lenin lo hacía en un contexto en que: 1) las masas rusas habían derrocado al zar (lo que, dicho sea de paso, consistió en la renuncia de un individuo particular a su cargo particular), y 2) estaba planteado objetivamente (es decir, como acción y no sólo como crítica) un cambio completo del sistema: el pasaje del poder a los soviets.

La percepción que yo tengo de la situación local actual es muy distante de aquella. Aquí y ahora no está objetivamente planteado (aún) un cambio de sistema social, sino que es previsible un inminente triunfo electoral del kirchnerismo, con la mitad o más de los votos. En consecuencia, el peligro no reside en "distraerse" de la tarea de conquistar el poder para la clase obrera (que no está planteada objetivamente, como sí lo estaba cuando Lenin dijo lo que Astarita cita inapropiadamente) sino que el peligro reside en distraerse de usar cada fracaso y cada tropiezo particulares del sistema para ir creando en las masas la conciencia del carácter sistemático, clasista, antipopular, de la orientación política y social del kirchnerismo como expresión de los intereses de una clase social dominante (especialmente cuando las masas han explicitado tanto sus ilusiones hacia el kirchnerismo como su rechazo a las alternativas burguesas que se ubican a la derecha de aquél).


4. Contrargumentación general

Como dije al principio, dedico este largo texto a replicar la crítica de Astarita al reclamo de renuncia contra Fernández porque veo en el un caso particular de una actitud más general, que me parece perjudicial para la militancia de izquierda.
Por lo tanto, en lo que queda me dedicaré a extender mi crítica sobre una caracterización más general de los planteos de Astarita, ya sugerida en el apartado anterior.

Recientemente, Astarita dedicó una crítica al planteo del frente de izquierda contra los impuestos a la clase trabajadora, incluidos los que son al consumo popular.

Parafraseo sintéticamente: Astarita basó su crítica en la elemental idea de que, después de todo, en el régimen capitalista los impuestos son un fenómeno de orden secundario y, en consecuencia, meterse con ellos no es meterse con las causas sino apenas con una manifestación o una canalización de los verdaderos factores causales.
Así sostuvo Astarita que, en definitiva, la eliminación de los impuestos al consumo popular a la larga no beneficiaría a éste último porque el sistema terminaría reestableciendo el equilibrio previamente establecido en la distibución social del valor, que cualquier reducción impositiva al salario sería compensada por una baja del salario a través de otros mecanismos, etc.

Estas consideraciones de Astarita llegaron incluso a extenderse a la experiencia de los estados obreros degenerados (al llamado “campo socialista”), donde también habrían fracasado los intentos de manipular impositivamente las determinaciones más profundas del proceso productivo (a las que subyacería remanentemente la ley capitalista del valor).

Antes que nada, cabe decir que el criterio de Astarita podría hacerse extensivo a todo reclamo particular de los trabajadores. Por ejemplo: el reclamo de un aumento de salario sería trasladado necesariamente, según las leyes que presiden el normal funcionamiento del sistema, a los salarios del resto de la clase; la gestión obrera de una empresa quebrada por sus patrones convertiría a los trabajadores en un capitalista colectivo (y encima ineficiente) sujeto a las leyes del mercado, etc.; de instituirse el control obrero, éste quedaría encorsetado dentro del articulado de le legislación burguesa que lo esterilizaría; y así ad infinitum.

Lo que interesa criticar aquí es que, de conjunto, Astarita basa sus críticas (a la izquierda) en el cumplimiento de la ley del valor, en el normal funcionamiento del sistema capitalista, etc.

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A ello corresponde replicar, al menos si se es marxista revolucionario, que el normal funcionamiento del sistema capitalista está sufriendo fuertes convulsiones, y que la ley del valor experimenta dificultades al parecer insuperables para seguir garantizando la reproducción capitalista.
No se trata, en consecuencia, de evaluar la validez de consignas anticapitalistas en virtud de las leyes del sistema capitalista sino, a la inversa, de evaluar la posibilidad de quebrar y superar dichas leyes en virtud de cada uno de sus puntos de quiebre, de sus fisuras, y de las posibilidades que cada desarrollo de la lucha de clase abre para magnificar esos puntos de quiebre y esas fisuras.
Salvo que se piense que el capitalismo es invulnerable y que está destinado a recuperar permanentemente el equilibrio (es decir: cada crisis no sería más que el preámbulo de una recuperación, y no a la inversa) o, en otros términos, está “condenado al éxito”.

Comenté la aplicación que Astarita hizo de sus argumentos a los estados obreros degenerados porque, justamente, en ellos esta cuestión llegó a ser planteada explícitamente: Preobrazsenski, economista perteneciente a la oposición de izquierda en la URSS, planteó la transición al socialismo -el gobierno obrero, la dictadurdel proletariado, etc.- como un régimen político bajo el cual pugna, más o menos encarnizadamente, la planificación socialista de la economía contra la ley del valor (es decir, contra las leyes del normal funcionamiento de la producción bajo el capitalismo, leyes que naturalmente no desaparecen de un día para el otro, razón por la que es necesario históricamente el régimen de transición conocido como "dictadura del proletariado").

Si se la considera de un modo general, la argumentación de Astarita consiste en rizar el siguiente rizo: como la causa de cada conflicto o convulsión es el sistema, no debe dirigirse la acción Aunque, de hecho, él habla de dirigir críticas, no acciones) contra las manifestaciones particulares de las leyes del sistema, sino contra las leyes mismas del sistema.

Este razonamiento es doblemente defectuoso: en primer lugar porque la existencia de conflictos y convulsiones de dimensiones como las actuales están muy lejos de ser una expresión de la contradictoriedad "normal" del sistema capitalista, sino que son indicios de que las leyes que lo rigen están alcanzando un punto que dicho sistema no puede superar por sus mecanismos normales; y en segundo lugar porque constituye un círculo vicioso que no deja entrar ni salir nada, es decir que bloquea toda posibilidad de pensar cambios.
Astarita razona de un modo análogo al de aquél hombre caricaturizado por Hegel, que deducía la imposibilidad de nadar en el agua, a partir del hecho de que para meterse en el agua antes hay que saber nadar y de que, para saber nadar, antes hay que meterse en el agua. De un “razonamiento” semejante no hay por donde entrar ni salir.

Contrariamente a lo que sostiene Astarita, el todo llegará a ser afectado por las acciones emprendidas contra sus partes, si se concibe a la totalidad no como un universal abstracto (donde la totalidad se define por abstracción de sus partes) sino como un universal concreto (donde la totalidad se define por la organicidad de sus partes).
De igual modo, la conciencia masiva de la necesidad de un cambio total no puede ser adquirida haciendo abstracción de toda acción dirigida hacia el logro de cambios particulares sino al revés: la conciencia de la necesidad de un cambio total es asumida por las masas por medio de cambios parciales de conciencia, a través de la lucha (es decir: a través no de la crítica conceptual sino de la acción combativa) para lograr cambios particulares, tanto si ésta alcanza el éxito como si fracasa, porque se aprende del éxito y del fracaso.
Como dice un viejo apotegma trotskista: el cambio social puede dar saltos, pero la conciencia de las masas no.

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No sé si es el caso de Astarita, pero he visto con frecuencia que ciertos sedicentes marxistas confunden la estrategia transicional trotskista con un gradualismo de corte socialdemócrata. Es decir: creen que todo planteamiento parcial equivale a caer en el reformismo, y que la única alternativa para evitar esto último pasaría por oponer, a cada reclamo o reivindicación limitados, una crítica al carácter sistémico de las causas profundas de la miseria social, al capitalismo como sistema, etc.

El defecto de estos planteos "radicales" hay que buscarlo no en la denuncia de lo sistémico, sino en el recurso a la OPOSICIÓN de los sistémico y lo particular.
Porque lotalidad y las partes sólo se oponen cuando el enfoque es abstracto, antidialéctico.

Precisamente por tratarse de un enfoque abstracto es que, en él, la crítica sustituye a la acción, se abstrae de ella (¿cómo actuar concretamente, en cualquier momento y circunstancia, contra el todo, sin hacerlo contra alguna parte en especial?).
Y, por tratarse de un enfoque antidialéctico, es incapaz de comprender lo que comprenden quienes buscamos dar un sesgo transicional a las reivindicaciones o consignas particulares.

Dar un sesgo transicional a consignas parciales consiste en plantear, en el marco de la actual declinación catastrófica del capitalismo, consignas que aunque abstracta o formalmente puedan parecer compatibles con el sistema capitalista, en la práctica sólo pueden alcanzarse por medio de un proceso conflictivo que debe rebasar dicho sistema.

A una escala más modesta (es decir en un estadio menos desarrollado de la conciencia obrera) las consignas transicionales cumplen la función, si no de rebasar activa y directamente los límites del capitalismo, sí la de rebasar una relación de fuerzas aún demasiado favorable al sistema, y hacer avanzar a los trabajadores en un proceso que los unifique y los constituya como sujeto histórico, con un proyecto de conjunto capaz de superar al sistema vigente.

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El ensueño de astarita
Por hg - Tuesday, Oct. 11, 2011 at 10:48 AM

¿Hay alguien que pueda pensar que la acción contra Sobrero no parte desde lo más alto del poder gubernamental o al menos es alentado por este? ¿hay alguien que pueda pensar que la exigencia de la renuncia de A. Fernández sólo sería un cambio de figuritas y no una derrota de la mano criminalizadora de todo un gobierno? . Por lo menos hay uno: Astarita, quien no trepida en usar una frase de Lenín en forma completamente descontextualizada (y él mismo lo reconoce). No perdamos tiempo, creo que lo mejor es hacer DELETE.

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No estoy de acuerdo
Por M.A. - Wednesday, Oct. 12, 2011 at 12:32 PM

Permitime, hg, que manifieste mi desacuerdo.

A tu pregunta sobre si "alguien puede pensar que la exigencia de la renuncia de A. Fernández sólo sería un cambio de figuritas y no una derrota de la mano criminalizadora de todo un gobierno", la respuesta es: sí, hay alguien, y se llama Rolando Astarita.

No sé si desgraciada o afortunadamente, no es posible "deletear" a Astarita.
Vos o yo podemos no hacer demasiado caso de él (es lo que yo venía haciendo hasta hace poco tiempo).

El inconveniente de esto es que no necesariamente lo que yo desoiga será desoído por todo el mundo.
Es decir: que nosotros lo desestimemos no quiere decir que Astarita no pueda ejercer una influencia negativa sobre elementos que yo esperaría que acompañen -o acompañen más firmemente- al frente de izquierda.

De hecho, he constatado que las posturas de Astarita hallan cierto eco en la blogósfera de izquierda, y que esa influencia no ha concitado la atención y la crítica que hubiera sido oportuno dedicarle por parte de quienes apoyamos al frente de izquierda.

A este respecto creo que, en parte, cabe cierta responsabilidad a los cros. del PTS y su "cluster" de blogs "trotskos" que, al dar cabida a discutidores profesionales de -a mi juicio- dudoso valor, contribuyen a amplificar sus posiciones, a legitimarlos como voces "marxistas" legítimas (en buen criollo: el PTS agranda loros).

Consumado el hecho y creada la situación, creí oportuno al menos una vez publicar una crítica más o menos de conjunto a actitudes como la que veo en Astarita y toda una nube de epígonos o comparsas que, a causa de la repercusión inmerecida que vienen alcanzando las posturas de Astarita, parecen sentirse reafirmados en sus "críticas" al frente de izquierda.

Saludos.

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